A primera vista, parece difícil de explicar el fenómeno, pues no cabe suponer que pueblos de religiosidad probada aparezcan de súbito volviendo la espalda á la Iglesia, y huyendo del Párroco, como si las relaciones con él pudieran acarrearles daños graves. No es difícil, sin embargo, dar la razón de esta anomalía, teniendo en cuenta las artes de sugestión que emplea la Masonería, y la condición pusilánime de la mayoría de estos indígenas; no se necesita ahondar en otras filosofías para explicar cómo pueblos hasta hoy religiosos, sin dejar de serlo en la casi universalidad, presentan al exterior la forma de descreídos y olvidados de la Religión por sola la representación y auge que en ellos se conquistan unos cuantos embaucadores.
Estos embaucadores, que obran hoy bajo la dirección de la Masonería, obtienen, con ser tan pocos, los prontos resultados que tocamos, merced á la influencia social que ejercen sobre la masa indígena, viniéndoles esa influencia, ora de la mayor ilustración, que los eleva sobra sus congéneres, ora del cargo oficial, ora de la posición que tienen por sus riquezas. Sea cualquiera de estas tres la base en que se apoya su influencia, es bastante para que el indio plebeyo se deje conducir por donde quiera y á donde quiera llevarle cualquiera de esos caciques. Y conocedores ellos de la credulidad del indio plebeyo y del temor que les infunde cualquiera que les hable desde arriba, ó sea desde un puesto en que se puedan cometer tropelías, venganzas y todo género de extorsiones, explotan á las mil maravillas la situación, y por uno ú otro camino torcido llegan á tiranizar á los pueblos, sometiéndolos en todo á su capricho. Por eso ha sido posible que en pueblos como Malolos y Taal lograsen por la amenaza fraguada en el Municipio, y que en varios casos tuvo cumplimiento, que las gentes sencillas no se atrevieran á concurrir al templo, ni á oir Misa, ni á recibir los Sacramentos, y que algunos más fervorosos tuvieran que hacerlo á horas desusadas y de noche, huyendo del espionaje perseguidor, como si en Filipinas el Estado hubiera decretado la persecución de los cristianos. Son posibles estas situaciones anómalas en los pueblos filipinos, porque conservan estos pueblos la propensión heredada á dejarse avasallar por un caciquismo especial que remeda bastante, si no en sus títulos, en sus procedimientos, al que actuaba en los tiempos anteriores á Legazpi. Lo cierto es que, por efecto de esta propensión indígena á adorar ó temer al que entre ellos se eleva sobre el común nivel, son imponderables los estragos que en la vida pacífica de estos pueblos causa la propaganda irreligiosa de la Masonería, ejercida, como vemos que se ejerce, por sujetos de mayor ó menor influencia, desde las oficinas de Juzgados ó Gobiernos, y aun de los Municipios, como también desde la altura de profesión ó estado social á que vaya aneja influencia.
Y debemos denunciar una maniobra de eficaces resultados que vemos empleada por los seductores: es ésta la de hacer creer ó divulgar entre el pueblo que la Masonería es cosa inocente, y que como tal está permitida por las Autoridades. Y llegan á más todavía en su descaro, que es asegurar que las mismas Autoridades, sin excluir la Superior del Archipiélago, pertenecen á la secta.
Esto, que parece inocente, no lo es, pues dado el carácter receloso y tímido del indio, no se dejaría arrastrar por los embaucadores, á no afianzársele antes de que por ello no incurriría en el desagrado de la Autoridad. Por ello creemos que la actitud resuelta de las Autoridades contra la Masonería es el medio más eficaz para impedir que ésta arraigue y se propague entre los indios.
Fijándonos ahora en la Pampanga, que es de las provincias de Luzón donde acaso ha tomado más auge la Masonería, no creemos empresa difícil cortarle los bríos, pues bastaría con que se hiciese algún escarmiento ejemplar entre los corifeos más conspicuos. Y creemos también que si á esos corifeos se les sujetase á expediente gubernativo en que se oyese á la Guardia civil y á los Párrocos, resultarían méritos bastantes, aparte de los masónicos, para decretar contra ellos medidas de rigor. De los que constan en la relación adjunta, me permito señalar de una manera especial al Tiburcio Hilario, de Bacolor; al Cecilio Hilario, de San Fernando; al Ruperto Lacsamana, de Mabalacat; y á Pedro Malig, de Bacolor, que se han distinguido y distinguen por el furor propagandista.
Dios, etc., 9 de Abril de 1896.==Excmo. Sr. Gobernador General, Vice Real Patrono de estas Islas.
La plancha aludida es del tenor siguiente:
«Sr. Dn. M. Gutiérrez:
A:. L:. G:. D:. G:. A:. D:. U:.
Habéis de saber que en el G:. Cons:. Reg: se tienen noticias positivas de que no sólo sois apósta-a, sino que, violando el jur:., reveláis á los prof:. los mist: de la mas:.
Tened entendido que se os siguen los pasos, y cuando menos lo penséis, os encontraréis con una caricia en las espaldas, que es la menor pena que pueden esperar los traid:.
Sirva esta plancha de primero y último aviso.
X:. Gr:. 3.º:.»