Esta sola consideración es suficientísima para que el público sensato falle de parte de quién está la razón y la justicia.
Sin embargo, á mí no puede bastarme en estos momentos. Debo corresponder á las muchas elocuentísimas demostraciones de adhesión que he recibido de toda España; á la brillantísima defensa que de mi causa se ha hecho en el Parlamento, donde ni un solo cargo ha sido sostenido por los representantes del país que han interpelado al Gobierno; y muy principalmente, soy deudor á la enérgica protesta del Cardenal Primado y de todo el Episcopado español. (Apéndice [número 1].) Un deber de gratitud y de nobleza me obliga, pues, no tanto á demostrar que esos cargos son falsos, (que de eso el público imparcial creo estar ya sobradamente convencido, y la prensa católica lo ha probado ineluctablemente) cuanto á que toda España vea, en lo posible, cómo, gracias á Dios nuestro Señor, he procurado cumplir en Filipinas los deberes que la Religión y la Patria me imponían.
Á ese fin, venciendo la natural repugnancia á hablar de mí propio, iré contestando á todos esos cargos, acumulándolos en párrafos distintos según su importancia y natural enlace.
§ I
Que fuí traidor en la rendición de Manila.
(IMPUTACIONES 1.ª Y 2.ª)
Esta es la mayor y la más estupenda calumnia de cuantas se me han levantado.
Cuando, por primera vez, llegó á mis oídos, sobrecogióme, como si con tenazas de acero me estuvieran despedazando las carnes. El golpe no podía ser, ni más brutal, ni más enorme. ¡Traidor á España! ¡Negociador secreto y oficioso para facilitar la rendición de Manila!... El ejército que guarnecía la ciudad de Legazpi debía componerse, ó de unos pérfidos, ó de unos imbéciles, cuando consintieron tamaño crimen. Las Autoridades Superiores, militares y civiles, puestas por España para regir las Islas, debían ser presa del más ciego desvarío, cuando ni aplicaron la debida pena al traidor, ni siquiera le denunciaron á la Metrópoli. Los españoles todos que habitaban en Manila debían haber perdido hasta el último átomo de patriotismo, cuando, lejos de protestar de la traición, tuvieron la desvergüenza de seguir distinguiendo al nuevo don Oppas con su cariño y respeto, mientras el Arzobispo permaneció en tierra filipina..... (Apéndice [núm. 2].)
¿Qué pudo dar remoto pretexto, sólo remoto, á que en España, mucho después de ocurrida la catástrofe, se haya podido fraguar tan colosal impostura? Lo explicaré con la mayor brevedad y claridad posibles.