Alargó su mano; el coronel se inclinó ante ella con galantería y se retiró.
—Estás segura—dijo la señora de Galba, ruborizada y confusa, mirando al suelo y como dirigiéndose a los rojos rizos, apenas visibles por entre los pliegues de su vestido,—¿estás segura de que serás güena si te permito quedarte aquí en mi compañía?
—¿Y me dejarás llamarte mamá?—preguntó Carolina, mirándola fijamente.
—¡Y te dejaré que me llames mamá!—respondió Lady Clara con forzada sonrisa.
—Sí—dijo Carolina con energía.
Entraron juntas en el dormitorio, siendo la maleta lo que más pronto llamó la atención de Carolina.
—¿Pero, mamá, te vas otra vez?—dijo con una ojeada rápida e inquieta y agarrándose a su falda.
—No...—dijo mirando por la ventana la interpelada.
—Entonces es que solamente juegas a irte—dijo Carolina riendo.—Déjame, pues, jugar a mí también.
Asintió Lady Clara y Carolina voló al cuarto vecino, reapareciendo con una cajita, en donde comenzó gravemente a empaquetar sus vestidos. Lady Clara observó que no eran muchos. Algunas preguntas respecto de ellos dieron motivo a nuevas respuestas de la niña, que en pocos minutos pusieron a la mamá al corriente de su corto pasado. Pero para obtener esto, la señora de Galba viose obligada a tomar a Carolina en su regazo, acariciando a la terrible criatura.