Lady Clara no se inmutó. Volvió tranquilamente la página y miró de soslayo a Carolina, que estaba absorta en la lectura de un cuaderno con láminas. Lady Clara no dijo una palabra, y durante el resto de la noche permaneció absorta, contra su costumbre, y sumamente silenciosa y meditabunda.

Por fin, ya en la madrugada, dirigiéndose donde dormía Carolina cayó de repente de rodillas junto a la cama, y tomando entre las manos la tierna cabeza de la niña, le preguntó:

—Dime. ¿Te gustaría tener otro papá?

—No—dijo después de meditar un momento la interpelada.

—Quiero decir un papá que ayudase a mamá y te cuidara con amor, que te diese bonitos vestidos y que, por fin, cuando fueses mayor, hiciese de ti una señora.

Carolina volvió hacia ella sus ojos somnolientos.

—¿Y a ti, te gustaría, mamá?

Lady Clara se sonrojó hasta las orejas.

—Duerme—dijo bruscamente.

Y volviose.