—No tal; ¡si yo comprendo los sentimientos de aquella señora!—contestó Catalina con resolución.

Pues entonces, ¿cómo se han escapado ustedes?—preguntó Príncipe gravemente.

—Por la ventana.

Cuando Príncipe hubo dejado a Carolina en brazos de su madrastra, volvió a la sala.

—¿Y bien?—preguntó Catalina.

—Se queda; también espero que esta noche nos dispensará el honor de quedarse con nosotros.

—Como no cumpliré diez y ocho años ni seré dueña de mí misma el día veinte, y como no tengo una madrastra enferma, no es de razón que me quede.

—¿Me permitirá entonces que la acompañe otra vez hasta la ventana del Instituto?

Al volver media hora más tarde, Príncipe encontró a Carolina sentada en un taburete a los pies de la señora de Ponce. Con la cabeza sepultada en la falda de su madrastra, y sollozando, se había dormido. La señora de Ponce llevó un dedo a sus labios.

—¿No te dije que vendría? Dios te bendiga, Juan. Buenas noches.