—La señorita de Corlear—dijo Juan, contestando a la mirada de sus hundidas pupilas.
—Juan—dijo después de una pausa,—querido Juan; siéntate a mi lado un momento; tengo que decirte algo. Si en pasados días te he parecido alguna vez dura o fría o coqueta, era porque te amaba, Juan; te amaba demasiado para comprometer tu porvenir, encadenándolo con el mío ya caduco. Siempre te amé, querido Juan, hasta cuando parecía menos digna de ti. Todo aquello pasó ya, pero he tenido hace poco un sueño, Juan, he soñado con una mujer, en quien encontrarías lo que a mí me faltaba—y miró amorosamente al tierno capullo que dormía a su lado,—y que amarías como me has amado. ¿No es verdad?
Y le clavó sus ojos, que despedían un postrer destello de luz. Juan le estrechó la mano, pero no contestó. Después de algunos momentos de silencio, añadió:
—Acaso aciertes en tu elección. Es buena muchacha, Juan... aunque un poco atrevida.
Y no dijo más. El último rastro de vida se desprendió de aquella cabeza débil, loca y apasionada. Una mariposa que se había posado en su pecho voló, y la mano que apartaron de la cabeza de Carolina, cayó a su lado, inerte.
DE-HINCHÚ, EL IDÓLATRA
Al abrir la carta de Hop-Sing, revoloteó hacia el suelo una tira de papel amarillo, que a primera vista me figuré cándidamente que sería la etiqueta de un paquete de sorpresas chinas, tantas eran las figuras y jeroglíficos que contenía. Había también en su interior una tira más pequeña de papel de arroz con dos caracteres exóticos, trazados con tinta china, en los que reconocí inmediatamente la tarjeta de visita de Hop-Sing. La traducción de todo aquello era la siguiente:
«Las puertas de mi casa no están cerradas para el forastero; el jarrón de arroz está a la izquierda y los dulces a la derecha de la entrada.
»El maestro dio estas dos sentencias: