—Lo que ustedes quieran, señores—replicó Hop-Sing, haciendo una cortés reverencia.—Nació aquí; ustedes son sus padrinos.
Por aquella época en que corría el año 1856, dos particularidades caracterizaban a la sociedad californiana. Estar pronta a comprender una indirecta y manifestarse generosa hasta la prodigalidad en cualquier llamamiento altruista. Por sórdido y avaro que el individuo fuera, no podía resistir tan imperiosa influencia. Así es que doblé las puntas de mi pañuelo convirtiéndolo en un saco, dejé caer dentro una moneda, y, sin decir palabra, lo pasé al juez, quien añadió sencillamente otra moneda de oro de veinte pesos y la pasó a su vecino; cuando el pañuelo volvió a mis manos contenía una cantidad respetable que entregué inmediatamente a Hop-Sing.
—Para el recién nacido, de parte de sus padrinos.
—¿Pero qué nombre le daremos?—dijo el juez.
Con un derroche de alusiva erudición, hubo un tiroteo de Erebo, Nox, Platón, Terracota, Anteo, etc., etc. Por último, dejamos que decidiera nuestro huésped la cuestión.
—¿No ha nacido de De-Hinchú? ¿Pues por qué no darle su propio nombre?—dijo tranquilamente.
Y así se hizo.
De este modo nació De-Hinchú en esta verídica crónica, en la noche del viernes 5 de marzo de 1856.
Acababa de entrar en prensa la última página de La Estrella del Norte de 19 de julio de 1865, única publicación diaria editada en Klamath County, y a las tres de la mañana dejaba yo a un lado mis manuscritos y pruebas, preparándome para irme a casa, cuando debajo de algunas hojas de papel que separaba, descubrí una carta. No llevaba sello alguno de correo y el sobre estaba algo sucio, pero no me fue difícil reconocer la letra de Hop-Sing, mi antiguo amigo. Abrilo apresuradamente y leí lo siguiente:
«Distinguido amigo: No sé si el dador le convendrá para el cargo de diablo en su diario; si esta plaza no es puramente del oficio, creo que reúne todas las cualidades apetecibles. Es activo, listo e inteligente; comprende el inglés mejor que lo habla, y es capaz de compensar cualquier defecto con el hábito de observación y su espíritu imitativo. No hay más que enseñarle una vez cómo se hace una cosa y la repetirá, sea buena o mala. Pero ya le conoce, usted es uno de sus padrinos; es De-Hinchú, el hijo putativo del prestidigitador De-Hinchú, a cuyas representaciones tuve el honor de invitarle; aunque quizá olvidado ya.