De-Hinchú me miró con una sonrisa.

—Yo tirar parte arriba ventana.

No lo comprendía. Me miró por un momento perplejo, y luego, arrancándome la carta de la mano se deslizó rápidamente por la escalera. Al cabo de un momento, con gran sorpresa mía, la carta entró volando por la ventana, dio dos veces la vuelta por la habitación y luego se posó suavemente como un pájaro sobre mi escritorio. No repuesto aún de la sorpresa, De-Hinchú reapareció, sonriéndose, miró la carta, luego me miró a mí, y exclamó:

—Así, hombre.

Y no añadió una palabra más. Este fue su primer acto oficial.

La hazaña que voy a relatar, siento tener que decirlo, no tuvo un éxito igualmente placentero. Uno de nuestros habituales repartidores cayó enfermo, y en el apuro se mandó a De-Hinchú que desempeñase interinamente sus funciones. Con objeto de evitar equivocaciones, la noche anterior le enseñaron la ruta, y al amanecer le entregaron el número ordinario de ejemplares para repartir. Al cabo de una hora volvió de buen humor y sin los periódicos, diciendo que estaban ya todos en poder de los subscriptores.

Pero, por desgracia para De-Hinchú, a cosa de las ocho de la noche, empezaron a llegar a la redacción subscriptores con indignada faz. Habían recibido sus ejemplares; pero, ¿de qué modo? Pasando a través del vidrio de las ventanas, en forma de balas de cañón fuertemente comprimidas, dándoles de lleno en la cara, como una pelota del juego de football si por casualidad se encontraban asomados; por cuartas partes, metidas por ventanas distintas; incluso los habían encontrado en la chimenea, clavados contra la puerta, en las ventanas de las buhardillas, en los terrados, embutidos en los ventiladores, introducidos en forma de arrolladas cerillas por el ojo de la cerradura, y anegados en los jarros con la leche matinal. Uno de aquellos furibundos subscriptores que esperó algún tiempo a la puerta de la redacción, al efecto de tener una entrevista personal con De-Hinchú (a la sazón, para mayor seguridad, encerrado bajo llave en mi habitación), díjome con lágrimas de rabia en los ojos, que a las cinco le había despertado una gritería horrible debajo de sus ventanas; que al levantarse, muy agitado, dejole estupefacto la aparición repentina de La Estrella del Norte, y doblada en forma de boomerang, o sea cachiporra de la India Oriental, y fuertemente arrollada, que entró disparada por la ventana, describió en el cuarto un número infinito de círculos, echó la luz por tierra, dio un cachete en la cara al niño, le sacudió a él en la mejilla y luego salió por la ventana opuesta y cayó, finalmente, en el patio, falto de impulso. Durante el resto del día, aparecieron en la redacción los ejemplares de La Estrella del Norte de la edición de aquella mañana, en fragmentos de papel sucios y estrujados que traía indignada la suscripción. De aquel modo se perdió también un admirable artículo sobre «Los recursos de Humboldt County» que había yo compuesto la noche antes, y que, sin duda alguna, hubiera cambiado el aspecto de los negocios del año siguiente y llevado a la bancarrota a los muelles de San Francisco.

Por tal motivo se juzgó que debía mantenerse encerrado a De-Hinchú en la imprenta reduciéndolo a la parte puramente mecánica del oficio. Allí, en poco tiempo, desarrolló maravillosa actividad y aptitud, granjeándose, al fin, el favor y buena voluntad de los impresores y del regente, que al principio tenían como de la mayor gravedad y trascendencia política su iniciación en los secretos del arte de Guttemberg. Muy pronto aprendió a componer los tipos, ayudándolo en la operación mecánica su extraordinaria destreza en la prestidigitación; su ignorancia del idioma parecía serle más favorable que perjudicial, aseverando el axioma de impresor, de que el cajista que sigue las ideas del original, es un pésimo operario. A menudo y deliberadamente, solían darle largas diatribas contra él mismo, que sus compañeros de trabajo colgaban del gancho de su caja como original, pasándole inadvertidas frases tan lacónicas como éstas: «De-Hinchú es hijo del mismísimo diablo», «De-Hinchú es un bribón amarillo», y me traía aún la prueba tan contento, brillando sus ojos y sacando a relucir sus dientes con una sonrisa de satisfacción.

No pasó, sin embargo, mucho tiempo sin que se desquitara de sus malévolos perseguidores, y una vez estuvo en un tris de que sus represalias me envolvieran en un serio disgusto. El regente de la imprenta se llamaba Webster, y De-Hinchú pronto aprendió a reconocer al individuo y las letras combinadas de su apellido. En lo más reñido de una campaña política, el elocuente y fogoso coronel Armando, de Siskyon, había hecho un discurso sensacional que fue especialmente taquigrafiado para La Estrella del Norte. En el transcurso de la peroración, el coronel Armando había dicho: «yo, como el sublime Webster, repetiré...» y aquí seguía la cita que no recuerdo ahora. Pues bien, De-Hinchú, mirando casualmente la galera, después de revisado el discurso, vio el nombre de su principal perseguidor, y como es natural, imaginó que era de él la frase que se transcribía. Una vez el molde en prensa, De-Hinchú aprovechó la ausencia de Webster para quitar la cita y sustituirla con una delgada tirita de plomo del mismo tamaño del tipo, grabada con caracteres chinos, formando una frase que, según creo, era una denigrante y completa declaración de la incapacidad y repugnancia de aquel funcionario, acompañada, en cambio, de una cláusula laudatoria de su propia personalidad.

A la mañana siguiente, el periódico contenía íntegro el discurso del coronel Armando, en el que se leía que el sublime Webster, en cierta ocasión, había expresado sus pensamientos en un chino excelente pero del todo incomprensible. La rabia del coronel Armando no tuvo límites. Tengo un vivo recuerdo de cuando aquel hombre y orador admirable entró en mi despacho y me pidió una retractación del aserto estampado.