—¿Qué dices?

—¡Yo decir: Chylee!

—¿Y qué?—dije con impaciencia.

—Usted saber, ¿cómo está, John?

—Sí.

—Usted saber, ¿tanto tiempo John?

—Sí.

—¡Bueno, pues; Chylee! ¡es lo mismo!

Lo comprendí claramente. De-Hinchú deseaba acostarse y se valía de aquella palabra para dar las buenas noches. Sin embargo, un instinto de picardía que poseía yo lo mismo que él, me impelió a obrar como si no comprendiera la indirecta; murmuré algo en este sentido, y me incliné otra vez sobre mis papeles. A los pocos minutos oí que sus suelas de madera pataleaban sobre el entarimado. Mirelo: estaba junto a la puerta, de pie.

—¿Usted no saber, Chylee?