Y el niño se calló, como asustado.

—¿Qué cómico?—exclamó el maestro.

—Aquel que lleva el sombrero negro... y cabello largo y alfiler de oro... y cadena de oro—dijo Arístides, poniendo períodos en lugar de comas para poder dar paso a su respiración.

El maestro sintió una opresión desagradable en el pecho y en la garganta, y tomando maquinalmente los guantes y el sombrero se salió a la calle. Arístides trotaba a su lado, esforzándose en igualar el paso de sus cortas piernas con las zancadas del maestro, cuando éste se paró de repente y Arístides dio con él un fuerte topetazo.

—¿Dónde estaban hablando?—preguntó, como siguiendo la conversación.

—En la Arcada—dijo Arístides.

Cuando hubieron llegado a la calle Mayor, el maestro se detuvo.

—Ve corriendo a casa—dijo al niño.—Si Melisa está allí, ven a la Arcada y dímelo, y si no está quédate en ella; ¿oyes?

Y Arístides se escapó al trote de sus cortas piernecillas, desplegando toda su velocidad.

A pocos pasos del camino estaba la Arcada. Con este nombre era conocido un largo e irregular edificio, conteniendo taberna, salón de billar y restaurant. Al cruzar el joven la plaza, observó que dos o tres transeúntes se volvieron y le siguieron con la vista fijamente durante un buen trecho. Arreglose el vestido, sacó el pañuelo y se enjugó la cara antes de penetrar en el establecimiento. Dentro de la taberna había su habitual número de holgazanes, bebiendo y gritando desaforadamente. Una cara le miró tan fijamente y con expresión tan extraña, que el maestro se paró, encarándose con él, y entonces vio que no era más que su propia imagen reflejada en un espejo pintarrajeado la cual le hizo creer que tal vez estaba un poco excitado, de manera que tomó de una mesa un número de La Bandera de Red-Mountain, y trató de recobrar su serenidad, leyendo la sección anunciadora.