—¡Silencio! ¡que es un discurso!

Estas voces dieron vuelta a la sala.

Y el señor Tomás empezó:

—Hoy hace un año, hermanos y hermanas en Jesucristo—dijo con severa pausa,—un año cumple hoy, que mi hijo regresó de correr los lodazales del vicio y de gastar su salud con las hijas del pecado.

La risa cesó de golpe.

—Véanle ahora, ¡Carlos Tomás, levántate!

Carlos Tomás obedeció.

—Hoy hace un año y ahora pueden contemplarle.

A la verdad, era un hermoso hijo pródigo, allí de pie, con su severo traje de última moda. Un pródigo arrepentido, con ojos tristes y obedientes, vueltos hacia la dura y antipática mirada del autor de sus días.

La señorita Smith, un capullo de quince años, sintió en las puras profundidades de su loquillo corazón un movimiento de involuntaria simpatía hacia él.