—Ustedes, señores, tendrán que acampar por ahí fuera, cerca del fuego, de la mejor manera que puedan—añadió,—pues no hay otra habitación en la casa.
La chismografía, caro lector, no ha sido jamás, según opinión generalmente admitida, patrimonio del sexo fuerte, pero, con todo, me veo obligado a declarar que apenas se hubo cerrado la puerta tras de Magdalena, cuando nos apiñamos cuchicheando, sonriéndonos y trocando entre nosotros sospechas, suposiciones y mil hipótesis respecto de nuestra bonita patrona y su extraño huésped: creo que hasta llegamos a empujar a aquel imbécil paralítico, que estaba quieto como una esfinge, sin voz, en medio de nosotros, oyendo con la serena indiferencia del pasado en sus ojos, nuestra charla inacabable. En lo más vivo y animado de la discusión, abriose de nuevo la puerta y entró Magdalena.
Sin embargo, no era ya la misma Magdalena que algunas horas antes había surgido ante nuestra vista. Tenía los ojos bajos y titubeó un momento en el umbral; llevaba una manta doblada en el brazo y parecía haber dejado tras sí la franca resolución que horas antes nos había encantado. Entrando en el cuarto, arrastró un banquillo hasta el sillón del paralítico; sentose, y dijo echándose la manta sobre las espaldas:
—Señores, si les es igual, como estamos un poco estrechos, me quedaré aquí esta noche.
Puso en su mano la mano marchita del inválido y volvió la mirada al fuego que se extinguía lentamente.
Nosotros nos mantuvimos silenciosos, tal vez por el sentimiento instintivo de que esto no era más que un preliminar de relaciones más confidenciales, y quizá también por cierta vergüenza de nuestra anterior curiosidad. La lluvia batía aún sobre el techo: violentas ráfagas de viento removían las pavesas con momentáneos destellos; en un momento de sosiego de los elementos, Magdalena levantó de repente la cabeza, y echándose el cabello a la espalda, volviose hacia nuestro grupo y exclamó:
—¿Hay alguno entre ustedes que me conozca?
Nadie contestó.
—¡Piénsenlo otra vez! Yo vivía en Marysville, el 53: todos me conocían por cierto con razón. Yo tuve el Salón Polka, hasta que vine a vivir aquí con Juan. Como de esto hace seis años, tal vez he cambiado algún tanto.
Quizá la desconcertó el que no la reconociesen; volviose otra vez hacia el fuego; transcurrieron algunos momentos en silencio, y continuó: