La verdad es que Sandy, en las tranquilas profundidades de su conciencia, estaba persuadido de que los rayos del sol le eran benéficos y saludables; además, desde la niñez, se había negado a echarse con el sombrero puesto; sólo los rematadamente locos llevaban siempre sombrero; y, por último, su derecho a prescindir de él cuando le diese la gana le era inalienable. Esa fue la íntima representación de su mente, pero, por desgracia, su expresión externa era confusa y se limitaba a la repetición de la siguiente incoherencia:
—¡El sol está bien! ¿qué hay? ¿qué hay, sol? ¡Magnífico!
Se detuvo doña María, y sacando nuevo valor de la ventajosa distancia que le separaba de él, le preguntó si le faltaba algo.
—¿Qué ocurre? ¿qué hay?—continuó Sandy con voz aguardentosa.
—¡Levántese, hombre degenerado!—dijo exasperada.—¡Levántese y váyase a casa!
Sandy se levantó zigzagueando. Medía seis pies de altura; doña María temblaba. Sandy adelantó con ímpetu algunos pasos y parose de súbito.
—¿Por qué me he de ir a casa?—preguntó de repente con seriedad.
—Para tomar un baño—contestó la maestra lanzando una ojeada a su sucia persona con gran indignación.
De pronto, con infinito contento de doña María, Sandy se quitó la levita y chaleco, tirolos al suelo, se arrancó las botas, y con la cabeza hacia adelante arrojose precipitadamente por la cuesta abajo en dirección al torrente.
—¡Virgen santa! ¡Este hombre va a ahogarse!—dijo doña María.