—Le tendrá en el suelo y estará sentada encima.
—Probablemente está hirviendo algo para echárnoslo; apartémonos de la puerta por lo que pudiera ser.
Pero en este momento el pestillo crujió, abriose despacio la puerta, y una voz dijo:
—Entren a cubierto de la lluvia.
La voz no era la del viejo ni la de su mujer.
Era una voz infantil, cuyo débil timbre quebrantaba aquella ronquera antinatural, que sólo pueden dar la vagancia y el abuso prematuro del alcohol.
Apareció ante ellos la figura de un niño, cuya cara podía haber sido bonita y aun distinguida a no oscurecerla de por dentro las maldades aprendidas y a no haber impreso en ella su sello la suciedad y el abandono.
Su cuerpecito estaba envuelto con una manta, y se conocía que acababa de levantarse de la cama.
—Entren—repitió—y no hagan ruido. El viejo está allí hablando con madre—prosiguió señalando un cuarto adyacente, que parecía ser una cocina, desde la cual la voz del viejo llegaba en tono de clemencia.
—Suéltame—añadió el niño refunfuñando y dirigiéndose a Federico Bullen que le había agarrado envuelto en la manta y fingía quererle echar al fuego del hogar.