El tiempo había amainado. El aire era penetrante y frío, las siluetas de los cercanos mojones se percibían ya; eran las cinco y media cuando Federico alcanzó la iglesia de la Encrucijada en el camino del Estado.

Con objeto de evitar la rápida pendiente había tomado un camino más largo y de mayor rodeo, en cuyo lodo viscoso Jovita se hundía hasta las orejas a cada paso.

No era muy buena preparación para una seria subida de cinco millas; pero Jovita arremetió con su habitual, ciega e impetuosa furia, y media hora más tarde alcanzó la extensa llanura que conduce a Rattlesnake-Creek: treinta minutos más, y llegaban a la meta.

Federico soltó ligeramente las riendas sobre el cuello de la yegua, excitola con un silbido, y tarareó una canción.

Espantose de pronto Jovita, y dio un salto que hubiera desmontado a un árabe.

Agarrado a las riendas, estaba un hombre que había saltado desde la cuneta y al mismo tiempo se alzaban ante él y en el camino un caballo y otro jinete en la oscuridad.

—¡Afloja tu bolsa, canalla!—dijo en voz de mando y con una blasfemia la segunda fantasma.

Federico sintió a la yegua temblar debajo de sí y como si fuese a caer desplomada.

Sabía lo que esto significaba, y se preparó.

—Apártate, Simón, te conozco, maldito bandido; déjame pasar o verás...