En los últimos pasos sentía ya un zumbido en sus oídos.
El brazo del jinete desangraba más y más...
Al atravesar el camino por bajo de la colina, estaba deslumbrado y desvanecido y no reconoció el terreno que pisaba.
¿Había tomado un mal camino o era aquello Rattlesnake-Creek?
Federico iba por el recto camino.
Pero el alborotado arroyo que algunas horas antes había vadeado, estaba desbordado, y las aguas invadían los campos vecinos, de modo que se interponía entonces como rápido e irresistible río entre él y Rattlesnake-Hill.
Por primera vez en aquella noche, sintió Federico el corazón oprimido.
Todo fluctuaba ante sus ojos, y el río, la montaña y la temprana aurora giraban a su alrededor con velocidad vertiginosa.
Entonces los cerró, concentrándose en sí mismo para recobrar la conciencia que empezaba a vacilar.
En aquel breve intervalo, por algún fantástico procedimiento mental, el cuartito de Bar Sansón y el grupo del padre e hijo dormidos, apareció a su vista.