Federico no se acordaba, por lo visto, de la escena de aquella misma noche, pues el viejo voló en su busca y volvió con... una botella vacía.

Si sus fuerzas se lo hubieran permitido, Federico hubiera blasfemado.

Titubeó, y agarrándose del tirador de la puerta, llamó con una señal al viejo mientras aseguraba el bulto de la espalda.

—Hay algo aquí en ese lío para Juanito. Quítamelo. A mí me es imposible.

Lleno de turbación, el viejo desató el lío y colocolo ante el pobre Federico que estaba desfalleciendo.

—¡Abrelo, en seguida!

Hízolo con dedos temblorosos.

Contenía tan sólo unos pobres juguetes, bastante baratos y toscos, pero relucientes de pintura y oropel. Inútil es decir que todos llevaban impresas las huellas de la odisea que habían seguido.

En efecto, uno de ellos estaba roto, otro estropeado por el agua irreparablemente, y sobre el último una mancha de sangre extendía su fatídico contorno.

—No parece gran cosa, en verdad—balbuceó Federico tristemente.—Pero es lo mejor que hemos podido hacer. Recíbelos, viejo, y pónselos en sus zapatos, y dile... dile... dile, sabes... me rueda la cabeza.