León puso la estupefacta cara de un idiota, y algo parecido al rubor se esforzó en asomar a sus mejillas curtidas por el sol.
—¡Maldito bribón!—dijo, retirando su dedo con mayor ternura y cuidado de los que se podrían sospechar de él.
Y al salir, mantenía el dedo algo separado de los demás, examinándolo con extraña atención.
Este examen provocó la misma original observación respecto del angelito.
En efecto, parecía regocijarse al repetirlo.
—¡Ha reñido con mi dedo!—dijo a Alejandro Tipton, mostrando este órgano privilegiado.
—¡Maldito bribón!
Habían dado las cuatro cuando el campamento se retiró a descansar. En la cabaña, donde alguien velaba, ardían unas luces; Edmundo no se acostó aquella noche ni León tampoco; éste bebió a discreción y relató gustosamente su aventura de un modo invariable, terminándola con la calificación característica del recién nacido; esto parecía ponerle a salvo de cualquier acusación injusta de sensibilidad, y León no era hombre de debilidades... Después que todos se hubieron acostado, llegose hasta el río, silbando con aire indiferente. Remontó después la cañada, y pasó por delante de la cabaña silbando aún con significativo descuido. Sentose junto a un enorme palo campeche y volvió sobre sus pasos y otra vez pasó por la cabaña. Al llegar allí, encendió pausadamente su pipa, y en un momento de franca resolución llamó a la puerta.
Edmundo la abrió.
—¿Cómo va?—dijo León, mirando por encima de Edmundo, hacia la caja de velas.