—¿Muerto?—repitió con voz apagada.

—Sí, buen hombre, y tú también te estás muriendo.

Y el rostro de León se iluminó con una suprema sonrisa.

—Muriéndome—repitió,—me lleva consigo. Conste, muchachos, que me quedo con La Suerte.

Y aquella viril figura, asiendo al débil pequeñuelo, como el que se ahoga se aferra en una paja, desapareció en el tenebroso río que corre a abocarse en la inmensidad del mar.

EL SOCIO DE TENNESSEE


Jamás conocimos su nombre verdadero, y por cierto que el ignorarlo no causó nunca en nuestra sociedad el menor disgusto, puesto que en 1854 la mayor parte de la gente de Sandy-Bar[4] se bautizó nuevamente.

Con frecuencia, los apodos se derivaban de alguna extravagancia en el traje, como en el caso de Dungaree-Jack, o bien de alguna singularidad en las costumbres, como en el de Saleratus-Bill, así nombrado por la enorme cantidad de aquel culinario ingrediente que echaba en su pan cotidiano, o bien de algún desgraciado lapsus, como sucedió al Pirata de hierro, hombre apacible e inofensivo, que obtuvo aquel lúgubre título por su fatal pronunciación del término pirita de hierro. Tal vez haya sido esto principio de una tosca heráldica; pero me inclino a pensar que, como en aquellos días el verdadero nombre de un individuo descansaba únicamente en su deleznable palabra, nadie hacía de ello el más leve caso.

—¿Te llamas Clifford, no es verdad?—dijo Boston, dirigiéndose con soberano desprecio a un tímido recién llegado al campamento.—El infierno está empedrado de tales Cliffords.