Al levantarse, se coge la copa que luego se deja sobre la mesa, volviendo a cogerla al pronunciar las últimas palabras. El brindis ha de ser breve, ingenioso, y como no todos están dotados de las cualidades del ingenio, se procurará no suplir su falta con la charlatanería. Por lo mismo que el brindis ofrece grandes dificultades, por más que parezca lo contrario, no ha de instarse a nadie a que brinde, porque se le expone a que se encuentre colocado en situación desairada, y en este caso pesa sobre todos el mal efecto. No han de ser muy numerosos, y el repetirlos, excepción de contados casos, no es de buen gusto. La persona que los haya iniciado es la que les pone término, y ha de tener especial cuidado en que acaben con verdadera oportunidad.
Diversos son los usos que se siguen respecto a ofrecer el brazo a las señoras, pues mientras en unos países los caballeros les dan el derecho, en otros es el izquierdo.
Dadas las costumbres que marcan el respeto y consideración que una persona nos merece, el brazo derecho ha de ser, pues así les damos la derecha, mientras que en el caso contrario, la señora la daría al caballero, y por lo tanto estaría colocada en situación de inferioridad.
En la colocación pondrá siempre especial cuidado el anfitrión para que cada uno ocupe el puesto que su categoría y circunstancias especiales le indiquen: pero como en todo lo que del hombre depende caben los descuidos y distracciones, no han de promoverse cuestiones de etiqueta en comidas particulares, pues entonces es la vanidad la que las suscita y se tiene el mal gusto de establecer preferencias en el obsequio que se recibe, y se prescinde de la atención que merecen los que invitan. Téngase en cuenta que no es el puesto el que honra a la persona, sino la persona al puesto, y que moralmente la cabecera está siempre allí donde se sienta la persona de más categoría.
El anfitrión procurará remediar los descuidos en cuanto los note y se excusará si no le es posible remediarlos; en cuyo caso se aceptarán las excusas en el acto, cuidando el que las reciba que no se note que da importancia a la cosa, pues en este caso aumentaría la mortificación que ya sufre el dueño de la casa.
Ha de acudirse con puntualidad a las comidas, siendo tan de mal gusto el anticiparse como el hacerse aguardar. Se concede un tiempo de espera a los que tardan, que por lo regular es de quince minutos, espera que no puede prolongarse mucho, porque entonces lo que es prueba de deferencia que los dueños de la casa y los que han llegado dan a los ausentes, perdería este carácter y parecería que por atención a los que no han sido puntuales se desatiende a los que con exactitud se han presentado. Hay casos excepcionales como, por ejemplo, cuando la comida se ofrece especialmente a una persona en quien por su carácter u ocupaciones sea no solo excusable, sino natural la tardanza, como los ministros, autoridades, etc., etc., que pueden hallarse retenidos por asuntos imprevistos o urgentes; si el invitado es un viajero, también la espera ha de prolongarse hasta su llegada, sin que los presentes puedan creerse postergados.
El que llega cuando los demás están ya sentados a la mesa, debe saludar a los dueños de la casa, pero sin darles la mano a menos que ellos se la ofrezcan.
La razón de esta costumbre es muy obvia y está basada en que el que come no desea poner su mano en contacto mientras está comiendo, sino con los objetos de que ha de servirse. Si la comida ya ha terminado, entonces la cosa varía. Excusado es decir que en las grandes comidas no ha de saludarse a cada uno particularmente, porque a nadie puede ocurrírsele semejante cosa, pero ni en las comidas de confianza se hace, bastando un saludo general después del que se hace a los dueños de la casa.
El uso marca diversamente el sitio de preferencia. Antiguamente era la cabecera de la mesa, pero ahora está en los dos centros, siendo el primero el que está frente a la puerta de entrada. Como los anfitriones han de prescindir por completo de la materialidad de la comida, aunque de comer se trata, cuidarán de que las cosas estén tan bien dispuestas que para nada hayan de dirigirse a los criados, y en sus conversaciones no han de hablar de nada que a los platos, servicio, etc., se refiera. Repetir de un plato no se hace, y en el beber ha de mostrarse parquedad. Dejar el plato completamente limpio y apurar la salsa con el pan no revela costumbre de buena sociedad, así como el soplar la comida, porque de ella ha de apartarse todo lo que pueda inspirar repugnancia, y no produce otro efecto el mezclar con lo que se come las emanaciones del aliento.
En otros tiempos era de buen gusto instar a comer, y en época remota hasta la violencia se empleaba para obligar a comer y beber. Las costumbres han variado, y hoy es regla fija dejar a cada cual que coma y beba lo que tenga por conveniente, según sus hábitos y exigencias del estómago; pero debemos advertir que el que en el comer exceda en apetito a los demás, siendo natural lo que en otros fuera glotonería, hará bien en limitarse en los convites a comer con mucha moderación, aunque no quede del todo satisfecho, porque así no llamará la atención y no se pondrá en evidencia.