En las reuniones muy numerosas habrá un criado para cada lado de la mesa, y servirán simultáneamente.

El comedor debe alumbrarse algunos minutos antes de anunciarse la comida, para que, al entrar los comensales, la luz sea igual, cuando se usen bujías.

La iluminación ha de ser profusa y la temperatura de unos 18°.

Las decoraciones de la mesa deben ser de una altura muy moderada: se han desterrado ya de ellas las plantas que antiguamente la adornaban, porque impedían ver las personas de enfrente y dificultaban la conversación.

Las decoraciones de mesa son más bien cuestión de gusto que de etiqueta; la abundancia y riqueza deben guardar armonía con sus dimensiones, siendo su principal realce el surtido de vajilla y cubiertos.

La fruta de postre se dispone ordinariamente hacia el centro de la mesa, entre flores y cristales: otros adornan la mesa con flores y vajillas sin poner los postres.

Por bonitas que sean unas vinagreras, nunca deben colocarse en la mesa, sea grande o modesto el convite.

Tampoco se han de poner en los extremos de la mesa frascos sueltos de vinagre o aceite, sino que el criado los presentará en una salvilla a cada comensal, siempre que se requiera. En cambio, hay que poner saleros, uno para cada dos personas.

En las comidas debe haber cuatro copas para cada comensal, colocadas a la derecha del cubierto. Si se sirve más de cuatro clases de vino, los criados sacan otras copas juntamente con las botellas.

Ni en las comidas familiares, ni en los grandes convites se pondrán salvamanteles; pero sí un grueso tapiz debajo del mantel.