Se presentan en la vida multitud de casos en que es imposible fijar la conducta que debe seguirse para salir airoso de ellos y dar a los demás buena opinión de nuestra cortesía; en tales ocasiones la mejor regla es, como se dice vulgarmente, no pecar por carta de menos; pues mejor es habernos hecho humildes con quien es menos, que habernos dado aires de superioridad con quien, aunque modesto en su porte, nos fuese realmente superior en categoría o en saber.
No todas las personas dotadas de gran talento tienen facilidad en hablar; podría, pues, sucederle al que tenga propensión a glosar con impertinencia tal o cual frase falta de buena dicción, caer él mismo en el ridículo de darle lección al maestro, de quien le pudiera tomar.
La juventud tiene el privilegio de creerse eterna, soliendo hablar con ligereza irrespetuosa de la vejez, sin comprender que en tiempo relativamente inmediato la frase descortés de hoy le será a su vez aplicada.
Cuando una persona mayor se encuentre en caso de oír alguna de esas impertinencias, debe guardarse bien de demostrar irritación, pues sería ponerse en ridículo. Si teme no poderse dominar y ha de traslucirse disgusto en el timbre de su voz, vale más que finja no haber oído, o, si esto es imposible, sonreírse, despreciando semejante imprudencia. Estando seguro de dominarse, puede permitirse alguna frase en tono festivo, pero que evidencie con delicadeza lo irreflexivo y grosero que estuvo el joven.
El arte de ser viejo es indudablemente uno de los más difíciles de aprender; pocos llegan a saberlo bien, consistiendo esto en que se aprende tarde; mas el que llega a poseerlo obtiene un verdadero triunfo, siendo venerado de propios y extraños y recibido con placer en todas partes.
Para obtener este resultado hay que tomar la resolución desde joven de ir limando cada año más las asperezas de nuestro carácter, aplicarnos el cumplimiento exacto de las reglas de la buena sociedad, y recordar los defectos de nuestra juventud para no mostrarnos excesivamente severos.
El renunciar nuestras comodidades para ofrecerlas a los demás; abstenerse de un gusto, aunque inocente en sí, si puede molestar a otro; tomar siempre el último lugar; reprimir el mal humor por no entristecer al prójimo; no ofenderle en presencia ni en ausencia, antes bien defenderle o aminorar las faltas si fuesen probadas; he aquí la perfección, he aquí la parte sublime de la cortesía.
Esta nos impone deberes, pero también nos crea derechos; pues el hombre bien educado, de carácter afable, benévolo y prudente, es bien recibido en todas partes y se atrae el aprecio general. Sin esa prudente limitación que la cortesía nos impone, el trato social sería imposible y llegaría a un estado de grosería y aislamiento. Tenemos todos interés en hacernos agradables a los demás, evitando siempre cuanto pudiera ofender o lastimar a las personas con quienes tratamos, no solamente por deber, sino por interés propio, para hacernos simpáticos y granjearnos buenas y leales amistades.
En las relaciones sociales entra también, como en el traje, el espíritu de la época y de la moda del día. No es posible que la marcha progresiva de la humanidad no trascienda de una manera notable al modo de ser de la vida social; y como fuera ridículo que hoy nos presentáramos vestidos como en tiempo de los romanos, lo sería igualmente que asistiéramos a los banquetes y demás lugares de reunión en la forma que ellos lo hacían.
De aquí la necesidad de fijar aquellas reglas adoptadas por las personas de más exquisita educación y mejor tono, reuniéndolas en un tratado que las haga patrimonio de todos y a todos excite a seguir laudables ejemplos, que dirijan a la Sociedad por los mejores y más rectos senderos.