Pero desde el principio el General Díaz fué muy cauto, muy escrupuloso en el pago del haber á la tropa, como lo expuso en un brindis que pronunció en el Colegio Militar de Chapultepec: “los soldados que militaban conmigo me amaban; y estaban dispuestos á perder su vida por mi vida.—¿Qué había yo hecho para obtener aquel sacrificio generoso, abnegado, aquel sacrificio voluptuoso de derramar su sangre por mí? Era solamente esto: todos abrigaban la convicción de que yo no les había estafado su haber.”[34]
En este brindis confiesa paladinamente el General Díaz que debe la lealtad de sus tropas, no á la legitimidad de su causa, sino al hecho de haberlas pagado con regularidad.
En el sexto período, cansado el General Díaz de tener que repetir cada cuatro años la farsa de la reelección, hizo que se reformara de nuevo la Constitución, ampliando el período presidencial á seis años, en vez de cuatro.
Este “Augusto mexicano”, como llamó Francisco Bulnes al General Díaz, inició otra ley, el 24 de Abril de 1896, por la que se autorizó al Presidente á delegar su poder en la persona que quisiese, mediante la aprobación del Congreso.[35]
Cuando concluyó el Gran Anciano de echar remiendos á la Constitución de 1857, quedó ésta convertida en el traje abigarrado de un arlequín.
Ahogó la libertad de la prensa; se apoderó del Congreso; manejó á su antojo el ejército y la marina (?); los gobernadores y jefes políticos fueron sus esclavos, y la justicia su servidora. De ese modo construyó una máquina política que es la más perfecta que existe en el mundo.
Tamany Hall, comparado con esa máquina, es tortas y pan pintado; la autocracia de la Rusia pisoteando á la Duma, parece bondadosa.
Abdul Hamid ha jugado ya su último triunfo contra la Joven Turquía; los fatalistas persas han hecho que el hado se vuelva contra el omnipotente Shah; hasta la joven China ha llevado á cabo el acto inconcebible de inyectar reformas en el Celeste Dragón.
Todas las naciones pisoteadas de nuestro planeta, han dado un mentís á la historia, á los principios eminentes, á los privilegios hereditarios, y, lentamente, pero con alegría, empiezan á respirar el aire de la libertad.—Sólo México permanece esclavizado por la tiranía de un hipócrita genial, árbitro y verdugo de su suerte; y se encuentra atado de pies y manos á la ambiciosa voluntad de ese ex-bandido, pues está hipnotizado hasta la inmovilidad por el más hábil de los caballeros de industria de la política.
Después de haber erigido su poder sobre un estuario de sangre, de haber adquirido una enorme fortuna por medio de su influencia política, de haber impuesto la adulación á sus conciudadanos, y capturado furtivamente la admiración de las naciones extranjeras, pretende Porfirio Díaz, como término del clímax, decretarse el homenaje de la historia.