—Señor, ¿podré escribir algunas cartas antes de morir? Pido sólo diez minutos.
—¡Fusílenlo en el acto!, rujió Terán, sediento de sangre.
Salió Terán del cuartel del 23 y fué al del 25. Llamó á Rubalcaba y á Caro, oficiales que estaban de guardia, y á Loredo y á Rosello, oficiales del mismo cuerpo, y los llevó al cuartel del 23. Una vez allí, dió orden de fusilar á los cuatro, sin más trámite ni forma de proceso...
El último, mal amarrado, se desató y echó á correr, y la escolta hizo fuego sobre él, matando á un soldado que estaba de imaginaria, é hiriendo á dos más.
La hiena llamó á don Antonio Ituarte, joven de 28 á 30 años.
—¿Es Vd. Don Antonio Ituarte?
—Bien me conoce Vd., respondió impasible la víctima.
—Ya le he dicho á Vd. dos veces que se ausentara de la población, y que á la tercera vez que lo llamara lo fusilaría.
—Es cierto.
—Pues voy á fusilarlo en el acto.