Otro ejemplar del tipo inconsciente, mejor dicho sin conciencia ni moralidad, de los gobernadores del Presidente Díaz, fué el gobernador Cravioto, quien gobernó largo tiempo, demasiado largo para el desdichado Estado de Hidalgo, y quien, si hubiese durado un período más, se queda hasta con la última pulgada cuadrada del dicho Estado. Bajo el menor pretexto confiscaba la propiedad, asesinaba y destruía todo y á todos los que de alguna manera estorbaban su insaciable ambición de bienes y de poder indisputable. La lista de sus asesinatos oficiales es formidable. Sus enemigos favoritos eran los periodistas. Estos mártires de una causa desesperada, fueron destruídos como moscas en un día de verano. Entre multitud de casos hay uno tan abyecto y espantoso que provoca la incredulidad.
Un periodista, llamado Emilio Ordóñez, á pesar de las muchas palizas recibidas, insistió en demostrar lo ilícito de los actos oficiales del gobernador. Por último, lo apalearon hasta dejarlo sin conocimiento, y arrastraron su cuerpo hasta un horno de cocer ladrillos, y allí lo quemaron vivo.
Puede ser que el General Cravioto hubiese leído que en la India quemaban á las viudas (suttee) y suspiró por una suttee periodística, á su manera. Parafraseando á Mr. Herford, podemos decir, para estar más en lo cierto, que “una pequeña suttee es cosa peligrosa”. Pero la ley de compensación no se ha desmentido: el hijo del General Cravioto, joven intelectual, estudioso, honrado y moral, ha rechazado todo el dinero maculado que heredó de su padre, y vive del producto de su propio trabajo.
El General Cravioto murió ya. ¡Que su alma arda en paz por los siglos de los siglos! ¡Amén!
De estos ejemplos se desprende cuán perverso es conceder demasiado poder en manos de hombres ignorantes, avaros y sin conciencia.
Nota bene: Muchos de los horrores de que estoy hablando, han acontecido hace ya algún tiempo; pero la situación, en vez de mejorar, parece que deteriora y corrompe los pocos buenos elementos que han quedado.
El actual gobierno creado por Porfirio Díaz, puede compararse con un canasto de manzanas, en el que las frutas que están arriba han sido limpiadas y frotadas hasta que aparecen brillantes de color y de frescura, lo que se hace en beneficio de forasteros y extranjeros; pero si se levanta esa primera capa, se siente el asco al ver la podredumbre y sentir la fetidez de las que se encuentran debajo, y que están destinadas para el regalo de los mexicanos.
Hace dos años que en las haciendas de Hueyapa y Totuapa, pertenecientes al Ministro de Justicia, Don Justino Fernández, y que son limítrofes con la hacienda de José Landero, en el Estado de Hidalgo, este joven descubrió el cadáver de un hombre de la clase media, en estado de inminente putrefacción. Las heridas que presentaba no eran de aquellas propias de un accidente, y los objetos de valor no habían sido tocados. José Landero dió parte al Juez de distrito, el que no dictó medida alguna para aclarar el misterio, ni se preocupó del caso. Nadie parecía conocer al occiso ni la causa de su muerte. Insistió José Landero en la necesidad de que el juez cumpliese con sus deberes oficiales, hasta que, al fin, el juez, para sincerar su conducta, le enseñó un telegrama proveniente del Gobierno federal, ordenándole que no hiciese investigación alguna del “accidente”.
El Ministro de Justicia se mostró sumamente indignado de que se hubiese usado de su hacienda para tal propósito, porque la verdad es que no puede darse invención más diabólica que la de servirse de la hacienda del administrador de justicia para perpetrar un crimen.
Pero el cadáver apesta, y se llegó á descubrir que el responsable del fecho era nada menos que el jefe político Don Francisco Hernández, quien se libró, ó libró al gobernador del Estado de Hidalgo, Don P. L. Rodríguez, de un enemigo. Este gobernador es pariente de Porfirio Díaz.