Telesforo Ocampo. Joven aún. Hace menos de un año estaba juzgando un caso de homicidio, cuando una noche, en una comida con varios amigos, apostó con el abogado defensor que obtendría sentencia de muerte contra el acusado. El defensor aceptó la apuesta, y, en prueba de buena fe, exigió una constancia por escrito de la tal apuesta, cuya pena era la de pagar una comida por el que perdiese. Un periódico se hizo del documento y lo publicó con los datos de la apuesta, creando gran escándalo é indignación. Todo el mundo esperó que Ocampo fuese destituído del foro. Pero sucedió lo inesperado: el abogado defensor fué á la cárcel por faltas al juez; Ocampo sentenció á muerte al acusado, y ganó su apuesta—y continúa administrando “justicia”, sin que nadie le moleste y sin haber recibido siquiera una amonestación del Ministro de Justicia ó de Porfirio Díaz.

Uno de sus axiomas es el de que “todo acusado es un criminal y, por lo mismo, debe ser condenado”.

Eugenio Ezquerro. Juez 3.º correccional. Ha sido acusado por once cargos y se han cometido en su juzgado verdaderos horrores, á pesar de todo lo cual permanece en su puesto por ser un protegido de Don Lorenzo Elízaga. En 1904 metieron en la cárcel á todos sus secretarios por haberse robado las multas impuestas. La absolución fué completa. Todo el que tiene dinero puede arreglar su caso con el juez. Ezquerro se ríe cínicamente de la justicia mexicana y la llama “una pamplina que da de comer á mucha gente”.

Trinidad Meza Salinas es otro ejemplar representativo del juez. Es un ex-abogado que fué sentenciado á seis años de prisión por el delito de bigamia. Después de haber cumplido la sentencia en la cárcel de Belén, se hizo defensor y protector de los pobres. Cometió mil estafas, triquiñuelas y pequeñas picardías hasta el punto de que la misma Comisión de Vigilancia, tan soñolente de suyo, tuvo que dictar providencias en su contra. Fué acusado de varios delitos, pero repentinamente se sobreseyó en su causa y lo nombraron secretario de un tribunal, juez y agente del gobierno en el departamento de la Guerra.

Justino Fernández. Este es el Ministro de Justicia, un hombre decrépito, con un pie en la tumba y el otro que nada tiene que hacer fuera de ella. Lo hizo ministro Porfirio Díaz, de quien es pariente, y confía en que no se entremeterá en los asuntos del departamento de justicia. Eso de Ministro de Justicia no es más que un modo de hablar, y tiene de común con la alegórica representación de la Justicia el ser casi ciego y tan sordo como una tapia. Cuando se solicita de él que resuelva una cuestión judicial, desdeña hacerlo, considerándola como cosa extraña á su departamento. A pesar de esto, con frecuencia asienta axiomas que evidentemente están recogidos en los campos de Friedrich Nietzsche, Porfirio Díaz, y, algunas veces, en los de Sancho Panza.

Belén.—La Bastilla Mexicana.

Si los jueces están corrompidos fácil es colegir lo que será la prisión ó lugar de expiación de los delitos. Nadie puede figurarse lo que es Belén, esa Bastilla mexicana, limbo y purgatorio á la vez. No está descrita en los libros de los viajeros, porque los viajeros no son recibidos como visitantes en ese lugar de tormento.

“El Infierno” del Dante tenía círculos con una profundidad en relación con las iniquidades cometidas por el pecador; pero si se compara con Belén el “Agujero Negro” (The Black Hole) de Calcutta, resulta éste un salón de recreo, así como las prisiones de Siberia aparecerían como instituciones filantrópicas, y los “Piombi” ó calabozos de los palacios de los Dux, confortables residencias.

Belén es la superlativa expresión de la injusticia mexicana y un ejemplo de la equidad de Porfirio Díaz, el Justo, el Recto, el Imparcial. Belén no es una cárcel, ni una galera, ni un presidio; es Gehenna, el abismo de Aqueronte; una enfermedad inmencionable en el cuerpo de la justicia mexicana; una inmensa cloaca que contiene gusanos, inmundicia, carroña, enfermedades, poluciones y depravación; llena de pájaros de presidio, aprensados como sardinas en lata, tratados como reses. Es una abominación sobre la faz de la tierra, un céspol humano, una muestra sucia y apestosa del benévolo interés que se toma el viejo déspota por todo aquello que está oculto á las miradas de los extranjeros.

El gobierno de Díaz ha gastado millones de pesos en un parque y en una calzada para coches en Chapultepec, en una oficina de correos modelo, en un clásico edificio para los telégrafos, y en un palacio monumental para el Congreso; gasta de 8 á 10 millones de pesos en un teatro de mármol, para la ópera, que resultará una maravilla. Pero, en cambio, los planos para una cárcel modelo sugerida por Guillermo de Landa y Escandón, se están pudriendo desde hace seis años en los archivos del gobierno.