Belén, que tiene el tamaño de una media manzana de New York, encierra de cinco á seis mil hombres, unos 300 muchachos y 600 mujeres. Hay una galera de 180 metros cuadrados en la que se supone que deben dormir 1800 hombres, quienes tienen que emprender feroz lucha para conseguir un pedazo del suelo en que tenderse á descansar, y los más débiles se ven obligados á quedar de pie, ó á estar sentados, ó á echarse los unos sobre los otros.

Chinches, piojos, pulgas y toda clase de insectos pululan por miriadas, y si se da una palmada en cualquiera parte de la pared, se aplasta cientos de esos bichos.

El alimento es incomible, y á veces queda expuesto al sol ó á la lluvia horas enteras antes de ser distribuído.

Permítese á los hombres tomar un baño de regadera, pero no se les da jabón ni un trapo para que se enjuaguen, y cada cual se seca como puede.

El resultado de tal orden de cosas es el gran número de epidemias y la frecuencia de la tuberculosis entre aquellos desgraciados. “El Diario”, en su número de 7 de Octubre de 1908, publicó la lista de los presos que en un solo día contrajeron el tifus en la cárcel de Belén: CIENTO SETENTA Y SEIS CASOS.—Al día siguiente no fué posible conseguir la lista de los nuevos casos: la autoridad suprimió la verdad.

Los guardianes de la prisión tienen un poder absoluto. La mayor parte de ellos son presos también; extorsionan, roban y cometen toda clase de villanías, brutalizan y algunas veces matan á palos á los presos refractarios.

La sodomía es desenfrenada y está fomentada por los guardianes; hombres y niños tienen que prestarse, por voluntad ó por fuerza, á esa práctica abominable, y válense para ello del alcohol y de la marihuana.

Hay una Comisión de Vigilancia, compuesta de doce individuos, quienes se supone que están encargados de cuidar de que no se cometan abusos, ni se viole la ley, ni se falte á los reglamentos interiores. Estos visitan la prisión cada tres ó cada seis meses; pero algunas veces electrifican sus actividades, como el Consejo de los Diez de Venecia, si reciben algún anónimo procedente de algún preso.

La Penitenciaría.

A despecho de su apariencia de salubridad y de limpieza, este es un lugar de refinada y sutil inquisición. Los presos son maltratados, mal alimentados, mal cuidados. En siete años entraron 1275 penados, de los que fallecieron 162. Obligan allí á los sentenciados á trabajar, pagándoles la décima sexta parte del jornal del trabajador peor retribuído. Los guardianes, como en Belén, son todo poderosos, brutales é injustos. El director de la prisión aumenta meses de recargo de pena á la sentencia de un penado por el solo informe de un guardián, sin entrar en más averiguaciones. Los infelices penados andan casi desnudos, si no tienen ropas propias ó no hay una persona caritativa que se las proporcione. Los médicos visitan la prisión cada ocho días, ó cada diez.