Si la execrable alimentación no lo mata, el tabardillo, la insolación, la fiebre amarilla, ó cualquiera otra enfermedad tropical espantosa, se encargará de hacerlo. Si el preso es bastante resistente ó bastante afortunado para sobrevivir, entonces se recurre á una nueva forma de la “ley fuga”: el oficial, ó el sargento encargado del punto, traba amistad con el preso y le sugiere un medio facilísimo de fuga; si el preso es bastante inocente para tragar el anzuelo, ó tiene la ansiedad de la fuga, los soldados, que siempre vigilan á los presos, tienen orden terminante de hacer fuego sobre ellos en cuanto se separen de las filas, aunque sólo sea para tomar un trago de agua en un charco cercano. Si no resulta ninguno de esos engatusamientos, entonces se le proporcionan los medios de suicidarse, y en caso de que rehuse tan bondadosa oferta, se le ayuda á librarse de la vida, ó, hablando en plata, lo asesinan sin más trámite, pues un hombre que estando condenado no acepta ninguna sugestión diplomática, como las indicadas, merece que se le mate como á un perro.

En 1904 un joven llamado Palomón Serrano, de 20 años de edad, durante la convención de los “liberales jacobinos”, la que conmemoraba el aniversario de la muerte de Juárez, en el Teatro Arbeu, se puso en pie y exclamó:—“Vengo para acusar al gran criminal Porfirio Díaz”. No tuvo tiempo para pronunciar una palabra más, pues inmediatamente fué aprehendido por orden del jefe de la policía. Al día siguiente, sin que mediara juicio de ninguna especie, fué remitido á Yucatán por tres años.

He aquí otro ejemplo de justicia que me recuerda la que se hacía en los principados de Italia, allá por el siglo XII.

Un General muy conocido que vive en México, dícese que tuvo una desgracia en su familia, pues una de sus hijas se huyó con el cochero de la casa. La joven regresó al hogar y se casó con un respetabilísimo oficial; pero el ambicioso cochero fué enviado á Yucatán y sus huesos se están blanqueando bajo los ardientes rayos del tórrido sol de Quintana Roo.

Cuando un hombre de talento, ó de cierta influencia política, ha atacado á Porfirio Díaz ó á la administración, en artículos de periódico, ó en discursos, y no se le puede aplicar la “ley fuga”, ni desterrarlo á Yucatán, se recurre á algún medio por trasmano para desacreditarlo.

Con frecuencia se arresta á los periodistas, en medio de la noche, sin que haya orden de juez, y simplemente por la invitación de un oficial ó de un simple agente de la policía. La esposa de un periodista estuvo sin noticias de su marido durante quince días, hasta que se dirigió al director de “El Diario” para obtener informes.

Un escritor y abogado muy conocido, Querido Moheno, estaba escribiendo un libro sobre la situación política actual de México. Tan pronto como se supo por las autoridades, lo acusaron de contumacia ó rebeldía. No se resolvió el caso, desde luego, sino que se dejó pendiente, como una espada de Damocles, sobre la cabeza del autor. Pero en cuanto apareció el libro y se vió que contenía ataques contra varios hombres prominentes en la política, se exhumó la causa, y se prosiguió la acusación.

Con harta frecuencia se ve en México llevar á Belén á un individuo, anunciando á son de trompeta los cargos que se le acumulan, y permanecer allí por espacio de un año. Durante ese período se circulan rumores de que ha robado dinero, ó ha cometido cualquier otro delito. Después de cierto tiempo, el acusado comparece ante el juez y se sobresee en la causa, por falta de pruebas; pero el individuo queda desacreditado y arruinado para toda su vida, sin reparación ni apelación de ninguna clase.

Hace un año, en un vaudeville, un actor que representaba á un mono, en son de chanza se puso en la cabeza la gorra de un agente de policía que se hallaba cerca de él. Lo aprehendieron, lo llevaron á la cárcel, donde lo detuvieron todo un día, y lo multaron en $10. Cuando le preguntaron al jefe de la policía el motivo de tanta severidad, contestó: “que el susodicho acto era derogatorio de la dignidad de la policía”.

En verdad que la palabra “derogatorio” es una felicísima figura retórica del jefe de la policía, Félix Díaz, pues, como lo voy á probar por dos incidentes que en seguida mencionaré, cuando el ofensor es persona de influencia, esa muy honorable policía “deroga” y se traga los insultos, como en un Mikado.