Hace un año el hijo del Ministro de Justicia, Enrique Fernández Castelló, insultó y abofeteó al jefe de la policía secreta, con motivo de que éste había divulgado la especie de una corrida de toros de aficionados en honor de unas prostitutas. El aludido no fué arrestado, ni multado, ni siquiera reprendido.

Hace dos años el hijo de Pablo Escandón, el millonario lacayo de Porfirio Díaz, insultó, abofeteó y dió de puntapiés á un policía que se atrevió á ordenarle que saliese de un café después que había sonado la hora de la clausura. Tan pronto como en la Comisaría de policía fué identificado como hijo de Pablo Escandón, lo pusieron en libertad. Al día siguiente el padre, que alardea de despreciar á los periódicos, se presentó en las oficinas de “El Diario”, y solicitó del director, como un favor especial, que no se diese notoriedad al caso, pues, añadió: “he mandado á mi hijo á París, castigado por un año”—¿Por qué no á Belén?

Pocos meses después, un joven sin fortuna y cuyo padre no tenía la categoría de lacayo real, cometió el mismo atentado contra otro agente de la policía. A éste no le enviaron á París—sino á Belén por dos años.

Así se hace justicia en México, el país de las contradicciones.

He aquí un ejemplo de la incorruptibilidad de Porfirio Díaz.—Hace años que la muy conocida familia de Amor y Escandón entabló un juicio en contra de los hijos de Don Vicente Escandón, con motivo de la cláusula secreta del testamento de Don Manuel Escandón, un rico hombre de México. El juicio fué muy sensacional y el abogado de los hijos de Don Antonio Escandón, (que ganaron el punto) hicieron un regalo en nombre de la parte interesada, á Porfirio Díaz, el que consistió en la casa número 8 de la Calle de Cadena, la que desde entonces es la residencia privada del Presidente. Don Pablo Escandón, el lacayo real de Porfirio Díaz, es uno de los hijos de Don Antonio Escandón, favorecido por la sentencia.

Después de treinta años de la obra corruptora, nefaria, dañina y secreta del gobierno, por un lado, y, por el otro, de la publicidad oficial y oficiosa de los maravillosos progresos de México, Porfirio Díaz ha considerado que ya es tiempo de que su estructura, representante de la nacionalidad mexicana, mereciese la misma posición que tienen las potencias extranjeras. Que la fe en la habilidad y en la honorabilidad de la administración de Porfirio Díaz debía recibir una especie de voto de confianza de los extranjeros en el asunto de la incorporación de las compañías de minas, de agricultura y de predios rurales, pues las potencias extranjeras han demostrado su respeto y admiración hacia Porfirio Díaz con la lluvia de medallas y de condecoraciones que han hecho caer sobre él y las personas de su familia. Pero, por desgracia, el extranjero que invierte sus capitales, es más cauto y cuidadoso de su dinero y de su confianza que las naciones. Así fué que cuando Porfirio Díaz se valió de Don Olegario Molina, Ministro de Fomento, para iniciar la llamada “ley de minería”, el déspota sufrió el más completo chasco al ver la absoluta, sincera y franca opinión de los inversores extranjeros protestando contra el proyecto. Esa famosa pretendida ley de minería se inició ostensiblemente con el propósito de impedir que los extranjeros adquiriesen propiedades mineras en el país; pero, en realidad, el objeto fué el de forzar á las compañías á incorporarse, no como ahora lo hacen bajo las leyes de los Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, etc., sino conforme á las mexicanas, quedando bajo la jurisdicción de los tribunales mexicanos. Un diluvio de protestas cayó proveniente de todas partes del mundo, acompañado con la amenaza de que no se invertiría más capital en México bajo semejante ley. Esto puso término á la propaganda emprendida en favor de la ley, la que, al fin, fué degollada, cargando Molina con todo el odio que despertó la iniciativa.

La argumentación de los capitalistas extranjeros que invierten sus dineros en México, fué la siguiente: Estamos dispuestos á invertir nuestros millones en México para nuestro provecho y provecho de aquel país; pero no queremos entregarnos en manos de la justicia mexicana tal como hoy existe. Puede ser que Porfirio Díaz se muestre favorable y equitativo hacia los inversores extranjeros y hacia sus inversiones; pero un gobierno que para su justicia depende de un solo hombre, no es un gobierno estable. ¿Qué pasará si muere Porfirio Díaz y continúa su sistema? ¿Quién puede garantizar la honorabilidad, equidad y amistad de su sucesor hacia los extranjeros y hacia los capitales extranjeros?


El martirio jamás es estéril, porque todo hombre ve en la frente del mártir una línea de su propio deber.

Mazzini.