Pero en esto se supo que Elihu Root miembro del Gabinete americano, iba á visitar á México, y el mismo día de su llegada á la capital arregló Porfirio Díaz un espectáculo, para demostrar al representante del gobierno de los Estados Unidos con qué justicia, templada por la clemencia, se trata á los periodistas en México. La farsa fué excesivamente bien desempeñada; se reunió el Congreso, erigiéndose en Gran Jurado Nacional, y la comisión respectiva declaró que no habiendo secretos en una república, no podía haber secretos de Estado, y, por lo tanto, no había delito que perseguir. El Señor Sánchez Ascona fué absuelto por unanimidad.
Más tarde, cuando “El Diario” comenzó á publicar datos sobre la sensacional quiebra de Jacoby, fué llamado violentamente nuestro director, Híjar y Haro, por el Ministro de Hacienda, José Ives Limantour, quien de la manera más atenta, pero más firme, le indicó que desistiese de seguir haciendo “insinuaciones” en el asunto Jacoby, ofreciéndole que los tribunales arrastrarían al banquillo á todos los culpables, y los trataría conforme á la ley. Pero todo el mundo, hasta el último rata reporteril de “El Diario”, sabía que Jacoby, que había robado y cuya quiebra ascendía á millones de pesos, estaba oculto en una hacienda de Íñigo Noriega, el socio de Porfirio Díaz. Todo el mundo sabía que la publicación de la verdad en el negocio Jacoby envolvería á la camarilla del Presidente Díaz y á Limantour en un gran escándalo de otro pequeño Panamá; que Jacoby no sería jamás juzgado, y que los tribunales jamás pondrían la mano en asunto tan delicado, á pesar de las promesas de Limantour.
Una carta, corta, pero muy política, de parte del secretario particular del Presidente, tenía siempre la mayor eficacia para cortar el hilo de nuestros mejores relatos. Bien sabíamos, por supuesto, que la exquisita y amable petición del secretario del Presidente era casi una orden y equivalía al lápiz rojo de la censura.
Cuando Telesforo García, un español modelo de inmoralidad, un tipo del bandido financiero, fué aprehendido, acusado de abuso de confianza, recibimos la visita del administrador de la fábrica de San Rafael, la monopolizadora del papel, quien solicitó que no se publicara la noticia de la prisión, á lo que accedió el periódico, comprendiendo que esa súplica equivalía á una amenaza.
Para que mis lectores se formen una idea aproximativa, no completa, del carácter de este Don Telesforo García, voy á relatarles un episodio de su vida financiera. Allá por el año de 1867, cuando se trasladaba el cadáver del Emperador Maximiliano, de Querétaro, donde el Príncipe fué fusilado, á México, Telesforo García era uno de los capataces de una empresa de carros, propiedad de Don Juan Martínez Zorrilla, un español de buena ley. García concibió el proyecto de robarse el cadáver del infortunado Príncipe austriaco, para venderlo después por una fuerte suma de dinero al Emperador de Austria, hermano de Maximiliano. Pero cometió la torpeza de comunicar su proyecto al íntegro Martínez Zorrilla, quien no sólo lo desaprobó, sino que, conociendo el carácter de Telesforo y desconfiando de él, fué á participar al Presidente Juárez de lo que se trataba, para que lo impidiera á toda costa. Juárez hizo que se duplicara la escolta que conducía el cadáver, frustrando el acto de bandidaje concebido por Telesforo García, hombre capaz de todo con tal que le produzca dos pesetas. La empresa de carros de Martínez Zorrilla era la encargada de la traslación del cadáver, y García el jefe de la expedición. Telesforo García ha hecho su fortuna por medio de varias quiebras fraudulentas.
Cuando “El Diario” intentó publicar, á simple título de información, los nombres de la juventud dorada, descendiente de los hombres de mayor influencia en México, con los pormenores de una corrida de toros dada por ellos en honor de algunas rameras de bajo coturno, con la ayuda oficial de soldados y bomberos, esos jóvenes, capitaneados por Enrique Fernández Castelló, hijo del Ministro de Justicia, y por Alberto Braniff, millonario y torero de afición, ejercieron presión en la empresa monopolizadora del papel para que dejase de ministrarnos el que necesitábamos, en caso de que publicásemos la noticia.
Otra vez, cuando “El Diario” publicó la noticia de una arbitrariedad ultrajante, consistente en la prisión de todos los concurrentes á un baile, sin exceptuar á los músicos, el jefe de la policía llamó al director de nuestro periódico á su oficina y le preguntó si tenía rencor ó mala voluntad en su contra.
Todo ataque en contra de cualquier departamento del gobierno, ó de cualquier empleado, se considera como un insulto personal, y con frecuencia da motivo para un duelo.
Una vez publicó “El Diario” una crítica sobre las labores de Justo Sierra, Ministro de Instrucción pública, y se presentó en nuestras oficinas uno de sus secretarios para reprocharnos nuestro atrevimiento de criticar al honorable Señor Ministro.
Desde el momento en que el Presidente coloca á cualquier individuo al frente del gobierno de un Estado, ó en cualquiera otro puesto público, tal individuo cree que está allí por la gracia de Dios, y no tolera la menor crítica, por más justa que sea.