En caso de infracción de la ley por medio de un artículo de periódico, todo el mundo, desde el propietario y el administrador hasta el mozo de la imprenta, y á veces hasta el muchacho que vende el periódico por las calles, va consignado en cuerpo á la cárcel, y los tipos, máquinas y demás parafernalia quedan confiscados. Esto ha acontecido multitud de veces, no sólo en los Estados, sino también en el Distrito Federal, en la misma Capital de la República. Algunas ocasiones el editor é impresor, pues en México es común que el editor sea también el impresor, recibe el consejo de emigrar de la ciudad y aun del país; pero lo más frecuente es que no reciba aviso de ninguna especie y que se le lleve á Belén con todo su estado mayor, y aun el menor.
En Belén hay un agujero llamado “celda de los periodistas”, el que siempre se encuentra habitado por gente de pluma enjuiciada. Una vez vi en Belén á uno de esos mártires, paseándose en traje de ceremonia, con el que fué aprehendido, y con el que se aguantó durante tres semanas, á pesar de lo poco apropiado que era para la ocasión y el lugar. Algunos de los periodistas más recalcitrantes continúan en la prisión sus labores con la pluma ó el lápiz.
No contento Porfirio Díaz con haber dictado todo género de leyes vejatorias en contra de los periodistas, utiliza á sus esbirros para perseguirlos y cazarlos como á fieras, y cuando los tiene acorralados ó enjaulados, se permite el lujo de la magnanimidad, ordenando que se les ponga en libertad, y les ofrece dinero ó puestos en el gobierno, como diputados ó senadores.
Hace algunos años fundó Díaz un periódico llamado por mal nombre “El Imparcial”, ministrando el dinero de la nación para el pago de las prensas, los tipos, el edificio y hasta del papel. A fin de matar toda competencia, el precio del periódico fué el de un centavo, moneda mexicana, equivalente á medio centavo americano, y, como era natural, su circulación pronto fué mayor que la de todos los demás periódicos combinados. No contento con esto, Porfirio Díaz creó el monopolio de la fabricación del papel en México, aumentando los derechos de importación al papel extranjero. Como resultado, el precio del papel es en México tres veces superior al de los Estados Unidos y la mercancía de una calidad muy inferior. Este monopolio está en manos de la camarilla del gobierno, la que ha asumido prácticamente la dictadura sobre la prensa de México. Nada más fácil para esa camarilla que matar á un periódico, pues todo lo que tiene que hacer es decir que lo siente mucho, pero que no le es posible proporcionarle papel en determinado día; y con esto, por regla general, muere la publicación.
Rafael Reyes Espíndola, el propietario y editor de “El Imparcial”, ha causado mayor daño al país que el que pudiera una inmensa nidada de culebras de cascabel esparcida en el territorio. Ese periódico ha arruinado más hogares, dañado más reputaciones, atacado y vilipendiado á más personas respetables que pelos tiene en la cabeza el tal Reyes Espíndola. Otras dos personas lo han ayudado en su asquerosa labor: Luis Urbina, secretario particular del Ministro de Instrucción Pública, y Carlos Díaz Dufoo. Esa trinidad de chantajistas, de falsificadores, de pícaros, alcahuetes y libertinos han sido perfectamente caracterizados por un caricaturista como la “Trimurti de la Avería” ó la Trinidad de la lepra moral. El capitán de esa cuerda de presidiarios sueltos es Rafael Reyes Espíndola; el más cínico, abyecto maligno, reptilesco y sin vergüenza de cuantos hombres he conocido en mi vida. A este árbitro de la prensa, representante de la prensa oficial de México, á este embajador de la prensa de Porfirio Díaz, es á quien se ha conferido el poder, bajo la condición de que ha de matar toda competencia, es decir, todos los periódicos contrarios á la administración. Con dinero ilimitado á su disposición (el mismo Presidente confiesa que ha gastado más de un millón de pesos en “El Imparcial” en diez años) con la protección del Czar y la inviolabilidad que le da su carácter de Diputado al Congreso de la Unión, fácil es á Reyes Espíndola sacrificar á sus rivales. Recurre hasta á la falsificación para destruir á un contrario peligroso. Una vez, cuando no pudo hundir á un periódico por medio de armas legales, Reyes Espíndola hizo imprimir algunos ejemplares, un facsímil, una reproducción exacta del periódico contrario, con el título y todo, deslizando en él un artículo contrario á Porfirio Díaz, y como es natural, el editor con todos sus redactores y empleados fueron á la cárcel. ¿Cómo y para qué intentar establecer su inocencia, cuando la prensa oficial recurre á práctica tan abominable?
Hace como dos años y medio se estableció un periódico independiente, “El Diario”. El público de México lo saludó con entusiasmo, como á un nuevo Mesías, pensando que, como los fundadores y directores de la empresa eran extranjeros, esto daría al periódico una inviolabilidad desconocida entre los congéneres nacionales. Pero ese entusiasmo duró poco, porque el director, un tal Sánchez Ascona, dió pruebas de ser tan menguado como hombre, como grande como chanchullero. Las tabernas ínfimas eran su oficina editorial, y sus amigos políticos eran los descastados y parásitos. Tenía la ambición de ser un Horacio Greely mexicano, con una cartera de ministro en perspectiva; pero resultó un borrachín vulgar, un patán y un ratero. En cierta ocasión el periódico abrió una suscripción en favor de los niños pobres, y reunió $500 en efectivo, que fueron entregados á Sánchez Ascona. Hasta la fecha “El Diario”, no ha podido averiguar siquiera el color de ese dinero. Por último, fué echado á empellones, de la manera menos ceremoniosa que darse puede, y lo reemplazó otra clase de hombre, un Señor Híjar y Haro, amigo personal del Señor E. T. Simondetti, presidente de la compañía.
Híjar y Haro, que estuvo empleado en la secretaría particular del Presidente Díaz, y después fué pagador del ejército, es uno de los hombres más notables de México. Desprovisto de todas las pasiones características de la raza latina, parece más bien un anglosajón, calmudo, desapasionado de gran paciencia y siempre listo á hacer justicia; imparcial, sin prejuicios ni pequeñeces de ningún género. Su único defecto es su admiración incondicional hacia Porfirio Díaz. Sólo me puedo explicar esa adoración por su perfecta ignorancia de la historia política del Presidente, pues Híjar y Haro ha pasado toda su vida en Italia, donde su padre desempeñaba un puesto diplomático.
Híjar manejó el periódico casi como lo hubiera hecho Jesu Cristo, con esta salvedad: el Salvador llegó á incomodarse y lanzó á los mercaderes del templo; mientras que Híjar nunca ha llegado á incomodarse y no ha intentado siquiera arrojar á los mercaderes del templo de la Justicia.
A pesar de todo eso, bajo la dirección de tal hombre “El Diario” adquirió circulación y cierto prestigio; pero perdió su independencia, convirtiéndose en una hoja neutral é incolora.
El fundador de “El Diario”, un italiano ex-cachorro repórter de la prensa neoyorkina, es un tipo que no carece de interés. Vivo, asimilativo, trabajador duro, bien parecido, fascinador tanto de mujeres como de hombres, éste individuo posee muchas de las características de los napolitanos y de los mexicanos; es diplomático, con la frente audaz, pero en el fondo de su corazón es tan resbaladizo y tímido como una anguila. Superficial como un tenor, con una intuición femenil parecida al talento, con pobrísimo conocimiento de las gentes y de la naturaleza humana, y de pequeñez infinitesimal en sus odios y en sus amores. Comenzó pretendiendo una pitanza y acabó por embaucar é hipnotizar á un banquero americano para que ministrase los fondos para capitalizar á “El Diario”. En menos de dos años “El Diario” gastó más de $650,000; pero ahora cubre sus gastos. En los comienzos el periódico tuvo que capear todo género de temporales. El más encarnizado y peor de sus enemigos fué “El Imparcial”. El golpe más recio que recibió “El Diario” le vino de parte de Reyes Espíndola, quien procuró matarlo tan luego como apareció. Esto aconteció cuando Sánchez Ascona era todavía director de “El Diario”. El caso es que Sánchez Ascona cochechó á uno de los empleados del telégrafo para que proporcionara á nuestro periódico los telegramas procedentes de Guatemala, los que el Ministro de Relaciones, Ignacio Mariscal, se negaba á comunicarnos. Cuando Mariscal vió los telegramas del Ministro mexicano acreditado cerca del gobierno de Guatemala, publicados en nuestro periódico, aun antes de que él los hubiera abierto, se quedó maravillado, al principio, pero en seguida entabló procedimientos contra el director del periódico por hurto y divulgación de secretos de Estado. El director Sánchez Ascona, como diputado al Congreso de la Unión, tenía que ser juzgado por sus pares, es decir, por la Cámara de Diputados. Como de costumbre, el caso quedó pendiente por varios meses, durante los cuales los anunciadores, temiendo la próxima muerte del periódico, se negaron á renovar sus contratos.