En lo político un intruso, y en lo social un descastado, Porfirio Díaz ascendió lentamente por la escala, valiéndose de todos los medios concebibles. Su matrimonio con una hija de Romero Rubio, perteneciente á una de las mejores familias de México, le abrió el camino para su aceptación en la sociedad; colocó en su guardia personal, prácticamente como ayuda de cámara, al orgulloso millonario de sangre azul Pablo Escandón, y casó á su hija natural (de Díaz) con uno de los hombres más ricos del país.

Este ex-merodeador y bandido político, cuyo padre, según el dicho popular, fué un sacerdote, cuya madre fué una india mixteca, cuya hija natural introdujo cándidamente en la alta sociedad, cuyo yerno es un sodomita notorio, y cuyo concuño es un abogado alcohólico y un descarado cazador de gorronas, ese hombre se ostenta ahora como árbitro de la aristocracia de México y decide quién es el primero entre los principales.

No cometió la torpeza de visitar oficialmente Europa y los Estados Unidos para ser objeto de los homenajes, la curiosidad y los juicios de los extranjeros, pues, como su esposa lo soltó en cierta ocasión en que se le hacía con insistencia la pregunta de “por qué no hacía Porfirio un viaje por Europa”,—“Porfirio tiene el temor de hacer mal papel”, y volviendo en sí rápidamente, añadió: “porque no habla ningún idioma extranjero”.

Su vida privada durante los últimos treinta años ha sido inmaculada, y aunque se encuentra rodeado de todos los lujos, ha vivido con la sencillez de un ermitaño; abstinente como un árabe en lo que respecta á la comida y á la bebida; en un país en el que todos fuman, él forma la excepción de la regla; allí donde el alcoholismo es desenfrenado, él toma sólo agua; allí donde todo el mundo va á toros, él se queda en su casa; no va al teatro sino cuando hay una función oficial; no caza sino rara vez; no juega nunca. Vida privada, higiene personal, trabajo asiduo, economía física é intelectual han sido reconcentrados por él para la prolongación del poder por medio de un cuerpo perfecto.

Todo su tiempo, aun sus ratos perdidos, está consagrado á sus obligaciones especiales; no se exime de ningún deber oficial, y concurre á la inauguración de un monumento con la misma exactitud con la que recibe á un visitante. Presta paciente oído á toda petición, demanda, protesta y adulación; recibe á los funcionarios y visitantes extranjeros, ministros y cónsules, gobernadores, jefes políticos, etc., y á todos los escucha, silencioso y atento, inescrutable, avaro de palabras, ambiguo en sus promesas, deliberado en sus discursos y maneras. Con un conocimiento instintivo y profundo del hombre, aumentado por la larga experiencia adquirida en el poder, y dotado de una memoria prodigiosa para los nombres y las facciones de los individuos, es una enciclopedia viviente que contiene á todo el pueblo mexicano. Tiene siempre un ojo fijo en cada amigo y en cada enemigo, perdonando algunas veces, pero sin olvidar nunca.

Una vez que el General Reyes, de Colombia, le preguntó si consideraba á Limantour un gran estadista, le contestó: “—No, porque Limantour nunca perdona á sus enemigos, y en política es necesario algunas veces perdonar.”

Después de haberse deshecho de sus rivales más peligrosos, presintiendo que las ejecuciones al por mayor no podían seguir á la orden del día, comenzó á utilizar á todos los pícaros y á algunos de sus enemigos para la prosecución de sus propios fines, así como á veces se usa de mortíferos venenos con propósitos medicinales.

Fué favorecido con un gran sentido común que se dislocó á causa de su ambición personal. Si la ambición egoísta desnaturalizó su sentido común, el miedo le hizo cometer todos los errores de su carrera política. Como todo individuo propenso á la ira, Porfirio Díaz no es realmente hombre de valor, pues, como dice La Canción de la Selva, “La ira es el huevo que contiene el germen del miedo”. Miedoso y, por lo tanto, vigilante, se ha salvado por estar siempre alerta, como la liebre por tener siempre abiertas sus largas orejas.

Equivocó la crueldad considerándola como fuerza de carácter, y por eso siempre estuvo listo para aterrorizar, temiendo que lo tuvieran por débil. Como resultado de la ultrajante ley del níquel y del pago de la famosa deuda inglesa, en el período de González, hubo un motín. “Apuñaléalos á todos” aconsejó Porfirio Díaz á González. Pero González no tuvo miedo.

La ambición y el miedo son las dos pasiones que han dominado á Porfirio Díaz en su vitalicia carrera política. Una ambición gigantesca, ultraegoísta, venal, monopolizadora y personalísima. Un miedo, resultante de dicha ambición egoísta, de naturaleza rastrera pusilánime y cobarde.