En el año próximo pasado, con motivo del 16 de Septiembre, los estudiantes de México quisieron hacer una procesión en las calles de la capital, y enviaron á un Señor Olea en representación de ellos para solicitar el permiso del Presidente. Porfirio Díaz le contestó:—“Sí, pero téngase mucho cuidado, porque los mexicanos tienen en la sangre la tendencia revolucionaria”. No se comprende como tres puñados de muchachos, en una manifestación desarmada, podían constituir una amenaza para la República, cuando estaba la capital guardada por 5,000 soldados, rurales y policías.

Sólo admitiendo este estigma vergonzoso y bien oculto bajo la, en apariencia, frente intrépida de este hombre, pueden explicarse lógicamente actos tan viles é infames como los asesinatos de Veracruz y la carnicería de Orizaba. En ellos aparece Díaz poseído del pánico, como un vagabundo que dispara desatinadamente á los fantasmas que vuelan en las tinieblas; tan aterrorizado que el único medio de deshacerse de su infundado miedo fué aterrorizar á los demás.

Otra de las características de su madera mestiza, pintada de manera que parezca de hierro, es su facilidad para derramar lágrimas. Tuve oportunidad de verlo anegado en llanto con motivo de la recitación de un poema romántico por una bonita muchacha, en un acto público.

Sus enemigos le han dado el apodo de “el llorón de Icamole”.—Perdió Díaz la batalla de ese nombre, el 20 de Mayo de 1876, ganándola el General Fuero, y como se suponía que ese encuentro decidiría de su fortuna política, en medio de su desesperación y rabia dió el ridículo espectáculo de ponerse á llorar por su derrota.

Cuando sus visitantes, nacionales ó extranjeros, le hacen manifestaciones de aprecio, celebrándole sus victorias militares, su habilidad de estadista, su patriotismo y su generosidad, entonces se deshiela y brotan las lágrimas de sus ojos y corren sobre sus mejillas, como se funde en la primavera la helada laguna inundando el llano.

Cuando el capitán Clodomiro Cota fué sentenciado por un consejo de guerra á ser fusilado, su padre fué á ver al Presidente, y de rodillas, llorando, imploró el perdón de su hijo. Porfirio Díaz lloró también, y levantando á aquel desgraciado padre, murmuró la siguiente ambigua frase:—“Hay que tener fe en la justicia”. El padre salió consolado, creyendo que se le había otorgado su petición. Pero á la mañana siguiente su hijo murió en el cadalso. Las lágrimas de Porfirio Díaz son lágrimas de cocodrilo.

Lo que es más raro aún en la constitución de este camaleón moral é intelectual, es su espíritu epigramático el que, según las noticias que circulan sobre el particular, es muy agudo y siempre da en el blanco.

Cuando aprehendieron al General Escobedo, sus amigos se quejaron con el Presidente Díaz sobre la falta de consideraciones hacia su víctima política, que había sido el más inteligente de los generales durante la guerra de la Intervención y del Imperio, y una de las más puras glorias del país. “Sí, respondió meditabundo el Presidente, estoy de acuerdo con ustedes, y mi mayor deseo es verlo en el Panteón de los Hombres Ilustres”. Los que conocen cuál ha sido la suerte que han corrido los demás generales ambiciosos son los que pueden apreciar en todo su valor esa salida macabra.

El yerno del Presidente iba con frecuencia á tomar el lunch al Castillo de Chapultepec y siempre llegaba con retardo. Cuando por tercera vez trataba de disculpar su falta de puntualidad, achacando la causa al automóvil, el Presidente le dijo: “¿Acaso ignora Vd. que el automóvil requiere gasolina y no alcohol para su locomoción?”

En una ocasión Mrs. A. Tweedy preguntó á Porfirio Díaz cómo concibió la primera inspiración de ser presidente, y éste le respondió con el aire más inocente del mundo: “—Nunca la tuve.—Fuí meramante arrastrado á la posición que hoy ocupo, y con frecuencia me admiro al considerar cómo ha podido suceder”. Este es un rasgo clásico de humorismo, que acredita á Porfirio Díaz para candidato del Club de Ananías, ó sea el de los embusteros.