También prueba su falta de patriotismo la indiferencia marcada con que considera la cuestión de la instrucción pública. El número de los analfabetos en México alcanza la asombrosa proporción del 84 %.

Otro de sus grandes errores consiste en no haber cortado el nudo gordiano de la política centroamericana.

La feliz circunstancia de que el progreso de México creciese á la par que la fama de Porfirio Díaz, ha inducido á los que han estudiado superficialmente el país y su política, á creer que al Presidente corresponde todo el mérito de haber aumentado su maravillosa prosperidad. Pero Díaz y la camarilla que refleja sus ideales, son políticos demasiado miopes, pequeños, presuntuosos y mezquinos, exentos de todo ideal patriótico. No pasan de ser grandes ranas en un pequeño estanque.

La cuestión centroamericana, que debía haberse resuelto desde hace diez años, ha quedado en el aire, no porque el General Díaz quiera la paz en México, sino por que ha tenido miedo y se ha sentido demasiado viejo para pelear. Hace diez años contaba con 68 de edad y, por lo tanto, estaba ya incapacitado físicamente para dirigir con buen éxito una campaña contra Guatemala; y en caso de que hubiese encomendado el mando á otro general, si éste salía victorioso, perdía Porfirio Díaz todo su prestigio y poder.

Porfirio Díaz no es un militar en ningún sentido de la palabra; su condición es más bien la de un político, una imitación liliputiense del Cardenal Richelieu, dirigiendo á un rey impasible, quien en el presente caso está representado por la nación mexicana. Posee todas las sinuosidades, traiciones, y métodos de trasmano de los prelados militantes del siglo XII.

Las relaciones de sus campañas no prueban que sea ni un gran estratégico ni un gran táctico. Fué únicamente lo que los franceses llaman “un beau sabreur”, con tanta habilidad estratégica cuanto era necesaria para un capitán de bandoleros y para su cuadrilla á fin de estar en aptitud de atacar y de destruir un convoy bien protegido.

Su fama de general es otra bola de nieve que ha rodado de la montaña de los hechos militares de México, impelida por sus subordinados y sus aduladores. Qué formidable avalancha cuando llegó al fondo del valle; pero al rayo de luz de la escudriñadora historia, se derretirá, convirtiéndose en un lodazal.

Según sus admiradores oficiales, ha ganado 41 batallas, acciones ó encuentros; posee 14 condecoraciones nacionales y 13 con que le han obsequiado gobiernos extranjeros, entre las cuales se encuentra la de primera clase del Libertador de Venezuela.

A medida que dura en el poder, aumenta el número de las batallas que parece estar ganando, y crece con inaudita rapidez. Ya me imagino á su fiel y útil ayuda de cámara, el millonario coronel Pablo Escandón, entrando en el sanctum sanctorum de su jefe, llevándose la mano derecha á la altura de la frente, poniendo los pies en escuadra al estilo militar y dándole el parte:—“Mi General, tengo la honra de informar á Vd. que ha ganado otra batalla.”—“¿Cuál?” pregunta el General Díaz. Y la gloriosa nueva se esparce á los cuatro vientos y se consigna en la hoja de servicios.

Las batallas del 5 de Mayo de 1862 y del 2 de Abril de 1867, que se celebran oficialmente como grandes victorias alcanzadas por Porfirio Díaz, jamás fueron victorias suyas. La del 5 de Mayo fué ganada por el General Zaragoza, y la acción del 2 de Abril se llevó á cabo en virtud de haberla forzado en un consejo de guerra un civil, Justo Benítez, secretario de Díaz. La organización del asalto se debió al General Alatorre, y Porfirio Díaz entró en acción cuando terminaba el encuentro. La batalla de Tecoac, que decidió la caída de Lerdo, se ganó gracias á la oportuna llegada del General González.