¿Qué es lo que queda, pues, á este héroe de las Mil y una batallas? Solamente dos acciones sangrientas: los asesinatos de Veracruz y la carnicería de Orizaba; victorias dignas de él, que serán inscritas con letras de sangre en su panteón de inmoralidad.
He examinado su obra de estadista, de patriota y de general, y me quedo azorado ante la impudencia de esa fama política y militar falsa y plagiada, inaudita en los anales de la historia, y me veo obligado á repetir con Bulnes que lo único que hay verdaderamente maravilloso en la América latina es la mentira.
Porfirio Díaz ya está viejo, tiene ahora 80 años de edad, demasiado viejo para continuar en la silla presidencial de un modo digno y útil. Aunque de facto es un Czar, finge que le llamen Presidente, porque el título de Emperador es de mal agüero en México. Los cuatro últimos Emperadores de México han perecido de muerte violenta: Motecuhzoma, Cuauhtemóctzin, Iturbide y Maximiliano.
Los días del Czar de México están contados; se está derrumbando en la decrepitud física y mental. Parécese al lobo que llegó á ser cabeza de la manada y conservó su supremacía por la fuerza de sus dientes. El día en que los demás lobos notaron que su jefe había perdido la dentadura, lo hicieron pedazos. Otro tanto puede acontecerle á Porfirio Díaz.
En la actualidad no pasa de ser un león disecado, un gigante con los pies de barro, y si un chiquillo lo advirtiese y lo empujase con uno de sus pequeños dedos, esto bastaría para hacerlo rodar al cajón de la basura.
Y cuando muera—¡Dios bendiga su alma!—con él morirá el último de los bandidos políticos de México.
Sabemos lo que somos, pero no lo que podremos ser.
Hamlet. Act IV.