—Pero si él sabe menos que yo, ni está en estado de preocuparse. Ayer me tomó aparte, me dijo que era el hombre más feliz de la tierra y Adriana su Dios. Parece que no podía resignarse a que ella le dejara. Anda todo el día en la calle, arreglando las cosas, comprando muebles. Ha tomado casa en Belgrano, sobre la barranca; me llevó a verla, es un chalet precioso. Adriana, en cambio, no fija su atención en nada. Ayer habían salido los dos con Raquel y con Charito González y a la media hora volvieron. Adriana se sentía mareada, les pidió que la dejaran sola y se ocuparan ellos de todo. Después tomó un libro, estuvo dos o tres horas con el libro abierto en la falda sin volver una hoja. En fin ¿qué piensas tú?

Ernesto Molina meneó la cabeza.

—Esta muchacha se casa por lástima.

Pero la viuda de Zumarán no pensaba lo mismo.

—Cuando ella le dejó, no te puedes imaginar su indiferencia: le ha visto humillarse, llorar, y como si tal cosa. Muñoz no la preocupaba un chiquito.

—¿Y ahora se casa con él?... Algún despecho, entonces.

—Eso sería más posible, ¿ves? Pero entonces sabe Dios lo que puede suceder.

La insinuación de su hermano abrió del todo la vieja herida de su corazón, y con voz que temblaba refirió cómo Adriana se veía con Julio Lagos, no sabía ella desde cuando, en casa de las Aliaga.

—¿Y Adriana visita a las Aliaga?

—Sí, yo he venido a saberlo no hace mucho.