—¿Pero tu hija conoce aquello?...

—Tampoco podría decírtelo. Tú comprenderás que hacerle una revelación semejante... ¡Ah! Lo que más me asusta es pensar que de esa casa podría venir otra vez, para mí, alguna gran desgracia.

—Son gente algo rara, como lo fue tu marido, y los abuelos de tu marido. Todos han tenido fama de raros.

—Y anda Adriana con ese mismo aire de misterio que tenía Zumarán antes de matarse por la viuda de Aliaga.

—No seas supersticiosa, hija.

—Es que tú no sabes, ella ha salido a su padre.

—Nunca me pareció, a la verdad, sino una chica muy inteligente, muy discreta...

—Porque contigo siempre se ha hecho la niña mimada... Te repito que ha salido a su padre en todo. Extremosa, llena de fantasías, inquieta, siempre soñando locuras.

Asomaron a sus ojos lágrimas de recelo presente y lágrimas que le hacía derramar la visión lejana de la tragedia: el cadáver de Zumarán tendido en el suelo, el revólver en la mano y un redondel de sangre formando como una aureola a la cara lívida.

El señor Molina se quedó perplejo. Era incapaz de afrontar situaciones reñidas con el carácter de los hechos comunes y con su criterio rectilíneo de viejo patricio. La herencia del antiguo convencionalismo español había encuadrado sus ideas en fórmulas precisas, limitadas, que no permitían la intervención de sentimientos ajenos a la naturaleza de los suyos. El suicidio de su cuñado lo confundió, muy sencillamente, con los actos incomprensibles de la locura, actos que debía tapar el silencio. Uno de sus principios era precisamente la conveniencia de evitar el escándalo, y hasta las alusiones a cualquier suceso que no estuviera en el orden.