Ahora, para el caso de Adriana, su extrañeza y su perplejidad eran producidas por la precipitación con que iba a realizarse el matrimonio. No hallaba, en su experiencia, un hecho análogo que pudiera servirle como elemento de juicio.

—¿Dónde está Adriana?—preguntó.

—De un momento a otro la verás, está por salir con Raquel, para la confesión.

Ambas, en efecto, aparecieron. Adriana, sin hablar, abrazó y besó a su tío. Parecía mucho más tranquila que Raquel, cuyos ingenuos ojos verdes tenían algo de doloroso y de adusto bajo el triángulo de blancura que dejaban sobre su frente los cabellos lacios.

Como Adriana, un momento después, quisiera marcharse, el señor Molina la retuvo.

—Si no tiene apuro, hijita, venga para acá. Ya sabe que siempre la he querido como si fuese mía. ¿Qué anda ocultando en esa cabecita?

Ella le echó una rápida ojeada. Hizo visiblemente un gran esfuerzo sobre sí misma, y dijo riendo:

—Dale la carta, Raquel, que llevábamos para poner en el primer buzón. Era para usted, ábrala.

Pero se sentía algo de penoso en la tranquilidad de su actitud, en su sonrisa misma y hasta en el descuido con que se había puesto el sombrero de fieltro.

En la carta le pedía, con mucho mimo, que accediera a servirle de padrino.