Pero como él comenzara de nuevo a interrogarla, Adriana le miró seria y cariñosamente:

—Tío, estos asuntos no tienen explicación.

Bajó los ojos, nerviosamente se ajustó el sombrero, tomó a Raquel por la cintura y ambas salieron.

—¿Viste? Contigo también ha cambiado.

El señor Molina, inquieto, asombrado, se puso a cavilar en silencio. Aquella sobrina que tanto quería y tanto había regalado desde pequeñuela, surgía ahora para él, repentinamente, como un mundo cerrado. Pero tampoco hubieran podido esclarecerle el misterio las más francas confidencias. En su espíritu no había, decididamente, puntos de apoyo para apreciar las razones íntimas que movían los actos de Adriana.

—Debemos dejarla hacer—declaró al fin—ella sabe de sus cosas mucho más que nosotros.

No quiso Adriana ver a su confesor ordinario, en la iglesia del Socorro. Prefirió un desconocido; acudió a la capilla de las Victorias. Vino un sacerdote viejo, algo encorvado, con cejas canosas, espesas, sobre unos ojos muy pequeños que brillaban inexpresivamente en las órbitas hundidas. Se metió, sin mirarla, en el confesionario, y comenzó a formular preguntas, rápidamente, sin atender casi a las respuestas que recibía. Raquel, mientras tanto, había ido a hincarse, descorazonada, cerca del altar.

Adriana tenía prisa de concluir cuanto antes. Generalmente, cuando iba a confesarse, la dominaba una impresión de misterio, y cierto receloso pudor le impedía referir nada relacionado con los secretos íntimos de su conciencia o con los pecados que más la inquietaban. Ahora, en cambio, le parecía cumplir con una obligación pueril, superflua. Sentía una especie de fría hostilidad en las caras de las imágenes y en el brillo de las cruces doradas. Sin hacer mayor memoria de pecados, respondió brevemente a cada pregunta que oía musitar al sacerdote.

Iba a levantarse, cuando sin saber por qué murmuró:

—Padre, me olvidaba decirle que me caso por casarme.