Al oír hablar, Laura se incorporó, retiró vivamente su mano de las manos de Julio y tendió los brazos a su amiga. Adriana se precipitó, la besó una y otra vez, y parecía no tener caricias bastantes para aquella pobre cara devastada por la pasión y por el sufrimiento.

Laura sonreía.

—¡Qué miedo tuve de que no vinieras! Estoy muy enferma, ¿sabes? Me agravé más porque nos dijeron que te casabas con otro, con Muñoz. Es un cuento, claro está; pero pensar que se te pudiera ocurrir un desatino así, me afligió como no puedes darte idea. Tú has de casarte con Julio, todo eso que leíste en mi diario ya no tiene importancia. Te voy a explicar...

Carmen la interrumpió, para hacerle tomar la medicina ya preparada.

—Y no hables tanto, ahora; volverá a subirte la fiebre.

En esto bajó Zoraida para pedir a Julio que hiciera compañía a la abuelita. Era preciso tranquilizarla de cualquier modo; ya resultaban inútiles los esfuerzos que ella y Eduardo hacían para darle a entender que no tenía gravedad el estado de Laura. A toda costa quería que la bajaran en una camilla.

Pero Laura se opuso a que saliese Julio y suplicó, por el contrario, que la dejaran con él y con Adriana, pues entre los tres debían resolver un asunto aparentemente difícil pero muy sencillo en realidad. Era necesario aclarar toda mala inteligencia.

Zoraida y Carmen obedecieron, sabiendo que lo peor sería contrariarle aquel ansioso deseo que ella abrigaba desde el día anterior.

Adriana, que no había mirado a Julio una sóla vez, declaró a Laura que su casamiento no era un chisme, que se habían ya unido civilmente y que era ésta, por otra parte, la única solución que convenía.

Laura se incorporó, la miró con un gesto de sorpresa; una sombra de fastidio pasó sobre su cara adelgazada por la enfermedad y que parecía, más que nunca, tallada en fino marfil. Luego sonrió con incredulidad.