—Tú quieres engañarme. Piensas que esta mentira podrá contribuir a curar mi anemia. ¡Todo lo contrario! Si tu matrimonio de pacotilla fuera cierto, eso no haría sino empeorarme. Precisamente te llamé para impedir que te comprometieras con Muñoz.

Fue inútil que Adriana insistiera en convencerla. Laura, cada vez más incrédula, seguía burlándose.

—¿Y quién es Muñoz? ¿Tiene algo de común contigo, al menos? ¡Hacerle a Julio la afrenta de casarte con otro! Tu propósito lo adivino, pero no tiene ninguna razón de ser, porque Julio no es para mí sino un amigo, como tú. Óyeme: en un tiempo tuve celos, sí, te lo confieso. Ya lo habrás leído en mi diario... Y a propósito, ¡qué picardía la tuya y la de Camucha, ir a leer el diario de mi vida!

—Perdóname, Laura. Pero eso ha servido para que yo supiera a tiempo la verdad.

—Para mal tuyo y mío.

—No, porque todo ahora se arreglará. Tú te casarás con Julio; demasiado sufriste en estos meses, la felicidad final debe ser tuya.

Ambas rivalizaban, así, en el deseo de sacrificarse, y no parecían reparar en la presencia de Julio. Después Laura alternativamente los miró.

—Ustedes, prosiguió, son ahora para mí dos amigos, los quiero con un mismo cariño. Mi pasión, te lo juro, Adriana, ha terminado. Tus ruegos de que me case con Julio son así absurdos. ¡Ah! Pero por favor, pónganse los dos del mismo lado, me cansa mucho tener que dar vuelta la cabeza a cada rato.

Julio se levantó, la cara tranquila bañada en lágrimas, y obedeció.

—¡Y llora!—exclamó Laura conmovida. Es la primera vez que lo veo llorar. Tú lo has hecho llorar con tu cuento del matrimonio.