Cuando la abuela se hubo recogido, y ellas bajaron nuevamente, aquellas historias continuaban flotando como un romántico hálito antiguo sobre las cabezas de Adriana y las Aliaga.

Reunidas en el comedor, tenían las manos lánguidamente caídas sobre la carpeta de terciopelo rojo, menos Carmen, que con las suyas se cubría la cara para seguir más abstraída en la imaginación de las escenas que había evocado la anciana.

—¡Qué mal hace abuelita, dijo Zoraida, de hablar así delante de esta chica! Tiene ya la cabecita llena de novelas.

—¡Bah!—respondió Carmen—todas nosotras somos lo mismo, aunque no queramos confesarlo... Vivimos de soñar en el amor.

Y la actitud seria y el tono reflexivo de sus palabras, contrastaba con la apariencia de criatura de quince años que ella tenía.

—Lástima—dijo Zoraida—que Julio no haya oído las historias de abuelita, él que sólo se interesa por las cosas ideales.

Adriana sonrió vagamente, para que no sospecharan el tumulto de su alma. ¿Era posible que sólo al oír pronunciar su nombre se conmoviera así?

Carmen interrumpió a Zoraida.

—¿Que sólo se interesa Julio por las cosas ideales? Tú no puedes saberlo; ya tendrá él sus cosas materiales también, y en el amor, sobre todo. Porque todos los hombres...

Enrojeció vivamente y miró a Zoraida confusa y sonriendo. Así con mucha frecuencia le ocurría, por su misma ingenuidad, que se le escapaban reflexiones indignas, según le decía Zoraida, en una chica de su edad. Pero prosiguió: