Era para ella una emoción deliciosa oírse consultar sobre la remota pasión de aquel antepasado.
—De todos modos—volvió a sugerir Carmen—el amor en los tiempos de abuelita tenía algo de más romántico, de que sé yo... Era posible entregarse completamente a la ilusión divina...
—Hoy también—murmuró Laura a media voz.
—¡Oh! En primer lugar, un caso como el tuyo es raro—replicó Carmen aturdidamente, sin sospechar el efecto terrible que iban a producir sus palabras. Tú lo has querido de veras a José Luis, es cierto, pero bien desdichada fuiste, Laura; y es que en estos tiempos, hija...
Enmudeció repentinamente, azorada y comprendiendo que había cometido una torpeza irreparable.
—¡Camucha!—gritó Zoraida como si hubiera experimentado un dolor punzante.
Todos miraron a Laura. Se había levantado con los ojos fijos en Carmen y algo indecible en la expresión. Adriana la vio palidecer y buscar un arrimo.
—¿Pero qué dijo Carmen?—preguntó Julio, yo no alcancé a oír, no alcancé a oír.
Laura se sonrió, le miró, se confundió más, y como nadie hablara, exclamó con desesperación:
—¡Dios mío! ¡Ahora supondrán que me impresiona el recuerdo de José Luis!