—¿Saben de quién se ha de enamorar entonces?—preguntó Carmen como maravillada.—¡De Adriana! Estoy segura, no sé por qué.
Pero lo dijo con el mismo ligero tono de ironía y como por dar a su amiga una broma amable.
Ya tarde llegó Julio y le contaron las amorosas reminiscencias de la abuela. En el rostro de todas, hasta de Zoraida, había una animación inusitada. Julio escuchaba y casi no tomaba parte en la conversación. Miraba siempre a la que hablaba, pero su actitud se parecía a la de alguien que estuviera completamente solo.
Aquella velada terminó con un episodio extraño, que dejó en el espíritu de Adriana un ancho rastro de pena.
X
Se habían puesto a discutir con animación si la abuelita no habría interiormente correspondido al bisabuelo de Adriana.
—Sí—opinaba Carmen—pero ha guardado el secreto, jamás lo ha confesado a nadie, ni a nosotras mismas lo diría nunca. Fue tal vez el único amor verdadero de su vida y un recuerdo que se llevará ella a la tumba.
—¡Sí, tal vez!—murmuró Laura como atribuyendo una significación extraordinaria a la idea de Carmen.
—¡Bah!—intervino Zoraida—abuelita es demasiado sencilla para eso. Diles, Adriana, que no hagan fantasías de una cosa tan común. ¿Tú qué piensas sobre eso?
—Que posiblemente mi bisabuelo sí la quiso y se casó con otra guardándose la tristeza de no ser comprendido.