A poco cambió su modo de ser y dejó de frecuentar el sitio que sus éxtasis asiduos habían como impregnado de una atmósfera mística. Cuando la interrogaban, ponía una cara adusta, y golpeando el suelo con el pie, se quedaba mirando en el vacío. La hermana superiora venía, inquieta, y le preguntaba, acariciándola con dulzura:—¿Qué tiene, Adrianita? ¿Ya no le reza al Señor?
—No, no, porque ha dejado que me compre el diablo.
Y no daba otra explicación: la había comprado el diablo y ella estaba perdida para el cielo.
Más tarde su carácter se hizo irónico.
—¿Ustedes son peladas?—preguntaba riendo a las hermanas.
Y las amenazaba con arrancarles la toca.
Un día sugirió a dos compañeras la curiosidad de saber si efectivamente eran las monjas peladas. En el vasto dormitorio común, separaba las camas de las colegialas un cortinado que les hacía como estrechas celdillas. Una monja, la hermana Casilda, velaba paseándose por medio del salón, hasta después de acostadas y dormidas todas. Luego se recogía en una celdilla propia, más grande que las demás y cerrada por un cortinado más espeso. Adriana convenció a sus compañeras que podía espiarse a la hermana Casilda; seguramente no dormiría con la toca puesta. En la noche convenida, cuando cesó de oírse el ruido leve de sus pasos vigilantes, las tres muchachas se juntaron en medio del salón. Temblaban de miedo. Se acercaron cautelosamente a la celdilla grande, cuchicheando. Un hilo amarillento rayaba la juntura del cortinaje; pero la hermana Casilda dormía toda la noche con luz.
—¿Por qué no vas a ver?—dijo Adriana a una de sus compañeras.
—Tengo miedo...
—¡Bah! iré yo.