Adriana se aproximó a la celdilla, fingió entreabrir la cortina, y volvió con una expresión maravillada.

—¿Cómo está?—le preguntaron.

—¡Pelada!

Las dos se aproximaron a su vez, caminando de puntillas; el ruedo de sus camisones se estremecía sobre los pies desnudos. Ambas, ávidamente, abrieron la cortina.

—¡Jesús!—gritó la voz espantada de la hermana Casilda, que no se había desvestido aún.

Cuando acudieron a la cama de Adriana, denunciada por sus compañeras, la vieron que dormía; una suave sonrisa flotaba en sus labios, como si su alma, soñando, hubiese volado a la región de sus éxtasis.

Insensiblemente se fue adhiriendo a su espíritu la maldad viciosa, hostil a la antigua pureza de su corazón. Y sufría sin embargo lo indecible al sentirse ya incapaz de ser buena, incapaz de resistir la influencia maligna, aquella influencia que ya, durante su infancia, la había aterrado alguna vez: así cuando Raquel, empañados por el llanto los hermosos ojos verdes, se defendía de sus golpes despiadados cubriéndose la cabeza con las manecitas abiertas.

Los castigos que la superiora decidió imponerle, al fin, le hicieron conocer otro mal sentimiento: el rencor.

Pero a veces el pequeño Cristo volvía a bajar de su nicho, caminaba sobre las baldosas del corredor solitario, aparecía en la celdilla de Adriana, como un mudo reproche, y la miraba fijamente.

XIII