Ese día Charito la acogió con un aire de mal humor que nunca tenía, como de persona agraviada por motivos demasiado penosos para decirlos. Pero inútilmente aguardó de Adriana una pregunta que le diera pie para replicar con frases ya meditadas. Su amiga se conformaba con sonreír o mirarla de soslayo, distraída, porque aquel mutismo de Charito, sin preocuparla, le permitía abandonarse a la encantada dulzura de sus propios pensamientos.
Al fin Charito no pudo contenerse:
—¿Ves lo que gano por ser contigo demasiado buena? Le han traído el cuento a mamá de que yo me doy cita con muchachos en el Museo. ¿Te imaginas? Todo un lío por causa tuya. Y si te dijera...
Se detuvo con un gesto de fingida exasperación, como si se guardara las palabras más duras.
Adriana seguía mirándola, distraída.
—Tan luego tú, Charito,—dijo con acento amistoso—tú tan seria, tan incapaz de una incorrección, darte cita con varios muchachos. ¿No comprendes que nadie podrá creerlo?
—Lo creen y lo repetirá todo el mundo.
—Todavía de mí, que era una coqueta... que soy una coqueta... Óyeme: no te fastidies, nada te cuesta decir que todos esos muchachos tenían la cita conmigo.
—Puedes estar segura que yo no cargaré con la culpa.
—¡Ah! pero tú misma, concluyó Adriana acariciándola, has acabado por convencerte de que fue una cita, y una cita con varios. En todo caso los varios éramos nosotras y el pobre Julio era la sinvergüenza.