A Charito no la enfadaba tanto el chisme como el hecho de que Adriana esquivaba la entrevista con Muñoz y en cambio la había obligado a hacerse amiga de Julio, a quien detestaba. En realidad, Adriana ejercía sobre ella un gran dominio que nadie hubiera sospechado al verlas juntas, según Charito la censuraba y le imponía consejos que eran siempre escuchados, aunque nunca seguidos. Adriana, por el contrario, obtenía de ella, sin parecerlo, todo lo que quería.
—Voy a proponerte algo, le dijo, para poner a prueba tu amistad. Como Julio a casa no va, ni quisiera yo que fuese, tú me harás un gran favor.
—¿Pero no has conseguido acaso verte con él aquí, en casa? ¿Quieres una prueba mayor?
—No te enojes, Charito querida, y escúchame... También lo veo en casa de las Aliaga y es allí donde empecé a quererlo, tú lo sabes. Sin embargo, yo sospecho que sin haberte tratado con ellas les tienes antipatía a las Aliaga, y tal vez esa bondad tuya ha sido un cálculo para alejarme de ellas...
—Yo no calculo nunca, Adriana, soy demasiado leal.
—Lo sé, lo sé... pero entonces yo sí he calculado, te lo confieso. Sería difícil explicarte... Yo misma no comprendo con claridad porqué ahora voy con inquietud a esa casa. ¡Y si supieras qué cariño les tengo! A Laura la adoro. No sé lo que daría por verla dichosa... Laura Aliaga es mi mejor amiga.
—¡Ah, tu mejor amiga!
—Exceptuándote a ti, naturalmente... Pues bien, con todo esto, prefiero verlo en tu casa.
—En fin, ¿qué nueva prueba pretendes de mi amistad?
—Óyeme bien: quisiera verlo a Julio, de vez en cuando, con tu ayuda, por la noche...