—Basta, eso de mí no lo conseguirás nunca.
—Atiéndeme, Charito.
—Es inútil, no insistas. Puedes entenderte con Lucía; también a ella le gustan las aventuras, y hasta se ha hecho amiga de un grupo de chicas que a mí no me gustan nada, por cierto.
Adriana no respondió y se quedó mirándola con la anterior actitud distraída. Después, suspirando con resignación:
—Tendré que pedirle este servicio a Zoraida Aliaga...
Charito contuvo un gesto de contrariedad. Y la idea calculada de impedir que su amiga recurriera a la amistad de Zoraida, al fin la hizo ceder. Por otra parte, quería seguir vigilándola. Pensaba que tarde o temprano aquel entusiasmo por Julio acabaría y sería llegado entonces el caso de devolverla al amor de Muñoz.
Sin embargo, su enojo no se había calmado.
—¿Y por qué no te visita en tu casa? ¡Puesto que Muñoz también te visitaba!
—Precisamente por eso y porque Julio, en realidad, no es mi "novio". Hay entre nosotros algo demasiado fuera de los sentimientos comunes para que pueda presentarse en casa y sustituir en su papel a Muñoz. El presente que vivimos es conforme a mi corazón.
—Pronto te desilusionarás, porque te enamoras con la misma facilidad de Lucía,—le replicó Charito.