Julio, retenido un minuto por Lucía, la vio salir como huyendo.
Tanto había conturbado a Muñoz la aparición momentánea de Adriana y tan lejos estaba de suponer que Julio frecuentaba la casa de Charito, que no le reconoció en el primer momento.
La señora González celebró que ambos jóvenes fueran amigos y luego deploró que Adriana, por la hora, hubiese tenido que marcharse.
—Lo malo ha sido que a usted se le ocurriese venir tan tarde, añadió dirigiéndose a Muñoz—y esto le sucede por andar tan perdido de aquí, donde se le aprecia y se le quiere tanto.
Lucía la tomó aparte para que pudieran hablar Julio y Muñoz, pero dirigiendo hacia ellos, de vez en cuando, una graciosa mirada de curiosidad.
—¿Tú la conocías, entonces?
—Te lo dije aquella vez, repuso Julio.
—No lo recordaba.
—Te dije que la conocí en casa de las Aliaga.
—Creí que bromeabas, que te querías burlar de mí. No me lo dijiste muy claro, en todo caso. En fin, ella le coquetea a todo el mundo. Y dime, dejando este ridículo asunto mío, ¿has vuelto a encontrarte con aquella muchacha que también conociste en casa de las Aliaga? ¿De quién se trata, al fin? ¿Has vuelto a encontrarte con ella?